DOM XXX T.O. Con todo el corazón
Un día preguntaron a una mujer mayor cuál había sido el secreto de su vida. Después de pensarlo unos segundos respondió: «He aprendido que al final de la vida no recordamos cuánto tuvimos, sino a quiénes quisimos y quiénes nos quisieron». Es una de las grandes verdades del Evangelio de hoy.
En el evangelio de este domingo, un fariseo pregunta a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». había muchos preceptos y normas; quería saber cuál era el más importante.
Jesús no duda: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Jesús une dos cosas que nosotros muchas veces separamos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
No podemos decir que amamos a Dios si despreciamos al hermano, pero tampoco podemos reducir el cristianismo simplemente a ser buenas personas. El amor cristiano nace de Dios y vuelve a Dios.
Por eso Jesús habla de amar a Dios «con todo», no con una parte de nuestra vida., no solamente los domingos. Con todo el corazón.
Una pregunta muy sencilla: ¿qué lugar ocupa Dios realmente en mi vida?
Porque podemos decir que creemos en Dios y, sin embargo, vivir como si no existiera. Podemos tener tiempo para muchas cosas y no encontrar diez minutos para rezar. Podemos preocuparnos por nuestro cuerpo, nuestro trabajo, nuestra casa y nuestras cuentas, pero olvidar nuestro interior.
Amar a Dios no significa solamente sentir algo por Él. Significa darle un lugar real en nuestras decisiones, en nuestro tiempo y en nuestra manera de vivir.
Y después Jesús dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Aquí el Evangelio se vuelve muy concreto.
El prójimo no es una idea. Tiene nombre. Es la persona que vive en nuestra casa. El vecino que nos molesta. El compañero de trabajo. El enfermo. El anciano que está solo. El que piensa diferente. Incluso aquel con quien tenemos una herida pendiente.
A veces queremos amar a la humanidad entera, pero somos incapaces de soportar al que tenemos al lado.
San Juan Pablo II decía que el hombre se realiza mediante la entrega sincera de sí mismo. Y eso conecta profundamente con el Evangelio: una vida encerrada en uno mismo termina siendo una vida pequeña; una vida entregada se convierte en una vida fecunda.
También el papa Francisco ha insistido en que el amor cristiano no puede quedarse en palabras. Tiene que tocar las heridas concretas de las personas y hacerse cercanía.
Quizá hoy no necesitamos preguntarnos si amamos mucho. Podemos empezar por algo más sencillo: ¿a quién necesito amar mejor?
Tal vez sea alguien de nuestra propia familia. Tal vez una persona a la que hemos dejado de hablar. Tal vez alguien que necesita que le dediquemos tiempo. Tal vez nosotros mismos, porque también necesitamos aprender a mirarnos con misericordia.
Porque Jesús dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No podemos dar lo que nunca hemos aprendido a recibir.
Y aquí está la grandeza del cristianismo: Dios no nos pide simplemente cumplir normas. Nos pide aprender a amar.
Al final, cuando todo pase, cuando desaparezcan muchas de las cosas que hoy nos preocupan, quedará una pregunta esencial: ¿cuánto hemos amado?
Que esta Eucaristía nos ayude a volver a lo esencial.
Amar a Dios con todo el corazón.
Amar al prójimo con hechos.
Y descubrir que, cuando aprendemos a amar así, nuestra vida empieza a parecerse un poco más a la de Jesús.

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