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Dom. IV de Cuaresma "Abre mis ojos, Luz del mundo"

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      En este IV Domingo de Cuaresma, tradicionalmente llamado  Laetare , la Iglesia nos permite respirar un anticipo de la Pascua. En medio del camino penitencial ya asoma la alegría. Y la Palabra nos sitúa ante una de las escenas más profundas del Evangelio: el ciego de nacimiento.   En el centro del relato resuena una afirmación decisiva de Jesucristo:  “Yo soy la Luz del mundo”.  Y frente a esa revelación, hoy brota de nuestro corazón una súplica sencilla y necesaria:  “Abre mis ojos, Luz del mundo”.    El relato comienza con una pregunta que refleja una mentalidad muy extendida en la época:  “¿Quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”  Se busca un culpable. Se interpreta el sufrimiento como castigo. Jesús rompe esa lógica estrecha. No se trata de señalar responsables, sino de descubrir que incluso en la fragilidad pueden manifestarse las obras de Dios.   Entonces realiza un gesto sorprendente: hac...

¡Señor ten misericordia de nosotros!

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  https://drive.google.com/file/d/1HVdoAR8y13oy4qOPVyUO2dSgFOyG6pTf/view?usp=sharing En el Evangelio de hoy escuchamos que en su subida a Jerusalén “ Jesús atravesó Samaria y Galilea ” y “ entrando en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos". Se sabe que en el antiguo Israel el leproso era el marginado por excelencia, aquejado de una enfermedad percibida no sólo como repugnante, sino también -así se pensaba lamentablemente- íntimamente ligada al castigo de Dios por sus pecados. ; por eso el leproso vivía fuera de las ciudades, en lugares desiertos, en una soledad desesperada. Es por esto que este grupo de enfermos, que seguramente habían oído hablar de Jesús y sus milagros, confiando en su compasión, se mantienen a distancia, no se atreven a acercarse a él -así lo ordenaba la ley para evitar el contagio-, sino de lejos y en alta voz gritan: « ¡Jesús, maestro, ten piedad de nosotros!". Esta es una oración hermosa: no hay presunción, no hay arrogancia; sólo queda el h...

Ten confianza, tu fe te ha sanado

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El evangelio del domingo 14 de T.O. hacia un llamado a la misión. Pero ¿para qué la misión? La respuesta es más eficaz de lo que imaginamos: el llamado del discípulo es para ser sanador. Sí,  sanador. Llevamos la sanación porque hemos sido sanados, por ello no es tan sencillo seguir al Señor. Recibirle es acoger los dones que nos da en especial el de sanar, y ¿cómo sanamos? A través de la paz. Llevamos la paz. El camino es la paz... el enfermo quiere sanarse para sentirse en paz ... Un mundo enfermo necesita sanadores que ayuden en a restablecer el tejido humano que se ha enfermado y dañado, dando salud, la que viene del evangelio, la que viene de Jesús. Seamos sanadores porque hemos sido sanados.