Dom. IV de Cuaresma "Abre mis ojos, Luz del mundo"
En este IV Domingo de Cuaresma, tradicionalmente llamado Laetare, la Iglesia nos permite respirar un anticipo de la Pascua. En medio del camino penitencial ya asoma la alegría. Y la Palabra nos sitúa ante una de las escenas más profundas del Evangelio: el ciego de nacimiento.
Entonces realiza un gesto sorprendente: hace barro con su saliva, lo unge en los ojos del ciego y lo envía a lavarse a la piscina de Siloé, que significa “Enviado”. Este gesto no es casual. El barro recuerda la creación del hombre en el Génesis; el agua evoca purificación; el envío anticipa misión. Es un signo con resonancias bautismales: nueva creación, nueva luz, nueva vida.
En contraste, los fariseos, que ven con los ojos, permanecen en la ceguera del corazón. El relato deja claro que la peor oscuridad no es la falta de vista, sino la resistencia a la luz.
También nosotros podemos estar ciegos sin advertirlo. Ciegos a nuestras propias faltas, pero muy atentos a las ajenas. Ciegos al sufrimiento del vecino. Ciegos a los pequeños signos de Dios en lo cotidiano. En comunidades pequeñas, donde todos nos conocemos, es fácil clasificar, etiquetar, reducir a las personas a su historia pasada. Y así dejamos de ver como Dios ve.
La Cuaresma no es solo un tiempo para dejar cosas; es un tiempo para aprender a mirar de nuevo. Es permitir que Cristo toque nuestros ojos, aunque el gesto nos desconcierte, aunque implique reconocer nuestra oscuridad.
Recuerdo a una mujer mayor de un pueblito que durante años vivió distanciada de su hermana por una herencia mal repartida. Se cruzaban en la iglesia y evitaban mirarse. Un día, escuchando este mismo Evangelio, me dijo después: “Padre, yo pensaba que veía claro, pero estaba ciega de orgullo”. Pidió confesión. Días más tarde fue a la casa de su hermana. No hubo lágrimas espectaculares ni grandes discursos. Fue una conversación sencilla, incluso torpe. Pero fue un paso verdadero. Tiempo después me dijo: “Ahora veo en paz”.
No había recuperado una vista física perdida, pero sí había recibido una luz interior que le devolvía la serenidad.
Este Evangelio nos invita a un pequeño itinerario concreto durante la semana: repetir cada día en la oración “Señor, abre mis ojos”; hacer un examen sincero sobre aquello que estamos justificando sin razón; dar el primer paso hacia alguien con quien estamos distanciados; decidir mirar con benevolencia a quien solemos criticar.
El ciego obedeció sin comprenderlo todo. Fue, se lavó y volvió viendo. La fe muchas veces comienza así: dando un paso confiado antes de tener todas las respuestas.
Hermanos, Cristo sigue pasando por nuestros caminos polvorientos. Sigue mezclando el barro de nuestra fragilidad con la fuerza de su gracia. Sigue enviándonos a lavarnos en su misericordia.

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