Dom. IV del T.O. Dichosos vosotros
La Palabra que escuchamos en el Evangelio nos presenta una escena sencilla y casi silenciosa, pero profundamente revolucionaria. Jesús ve a la multitud, sube al monte y se sienta. No corre, no levanta la voz. Se sienta, como quien tiene tiempo para Dios y para las personas. Y desde ese lugar elevado —no para alejarse, sino para ser escuchado— comienza a hablar. Lo primero que llama la atención es que Jesús no empieza diciendo lo que hay que hacer, sino cómo vivir para ser verdaderamente felices. “Bienaventurados”, dice una y otra vez. Felices. Dichosos. Plenos. Y aquí surge la primera pregunta inevitable: ¿qué entendemos nosotros por felicidad? ¿Coincide nuestra idea de una vida lograda, feliz, con la que Jesús está anunciando? Porque, si somos sinceros, lo que Jesús proclama parece ir a contracorriente. Él llama felices a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de ...