Dom. IV del T.O. Dichosos vosotros
La Palabra que escuchamos en el Evangelio nos presenta una escena sencilla y casi silenciosa, pero profundamente revolucionaria. Jesús ve a la multitud, sube al monte y se sienta. No corre, no levanta la voz. Se sienta, como quien tiene tiempo para Dios y para las personas. Y desde ese lugar elevado —no para alejarse, sino para ser escuchado— comienza a hablar.
Lo primero que llama la atención es que Jesús no empieza diciendo lo que hay que hacer, sino cómo vivir para ser verdaderamente felices. “Bienaventurados”, dice una y otra vez. Felices. Dichosos. Plenos. Y aquí surge la primera pregunta inevitable: ¿qué entendemos nosotros por felicidad? ¿Coincide nuestra idea de una vida lograda, feliz, con la que Jesús está anunciando? Porque, si somos sinceros, lo que Jesús proclama parece ir a contracorriente.
Él llama felices a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia. No menciona el éxito, el poder, la seguridad económica ni el reconocimiento social. Jesús no describe al ganador, sino al discípulo del Reino.
Cuando habla de los pobres de espíritu, no se refiere solo a la pobreza material, sino a una actitud interior: la de quien sabe que no se basta a sí mismo. El pobre de espíritu es el que vive con las manos abiertas, el que no se apoya en sus seguridades, el que sabe que todo es don De Dios, gracia. Y aquí el Evangelio nos interpela con suavidad, pero con firmeza ¿en qué apoyamos nuestra vida? ¿En nuestras capacidades, en lo que poseemos, en el control que creemos tener… o en Dios?
Jesús dice que de ellos es el Reino de los Cielos. Este Reino comienza en el hoy, cuando dejamos de creernos autosuficientes.
Luego Jesús mira a quienes lloran. Y no los juzga, no les dice que sean fuertes ni que oculten sus lágrimas. Los declara bienaventurados. En un mundo que huye del dolor y lo disimula, Jesús reconoce el valor del corazón que todavía puede sentir. El que llora no se ha endurecido, no se ha cerrado a la vida ¿sabemos llevar nuestro llanto a Dios? ¿O preferimos distraernos para no enfrentar nuestras heridas?También el consuelo que Jesús promete no es una explicación intelectual, sino una presencia: Dios mismo que se acerca al corazón herido.
Jesús continúa hablando de los mansos, y aquí también rompe esquemas. La mansedumbre no es pasividad ni debilidad; es la fuerza que renuncia a la violencia. Es poder gobernarse a uno mismo. En una sociedad donde imponerse parece la única manera de sobrevivir, Jesús afirma que los mansos heredarán la tierra. ¿Cómo reaccionamos cuando nos contradicen, cuando nos ofenden, cuando no tenemos la razón de nuestro lado? ¿respondemos desde el Evangelio o desde el impulso?
Después habla del hambre y la sed de justicia. No se trata de una inquietud superficial, sino de un deseo profundo, vital, que atraviesa toda la existencia. Jesús no bendice a los conformistas, sino a los inconformes del Reino, a los que no se acostumbran al dolor ajeno ni a la injusticia. ¿Tenemos todavía hambre de un mundo distinto? ¿o nos hemos resignado a que “las cosas son así”?
A los misericordiosos, Jesús les promete misericordia. No como un premio externo, sino como una experiencia: quien aprende a mirar con compasión, aprende también a dejarse amar. La misericordia transforma tanto al que la recibe como al que la ofrece. ¿Somos duros para juzgar y lentos para comprender? ¿o dejamos espacio para la misericordia en nuestras relaciones cotidianas?
Habla también Jesús del corazón limpio, del corazón unificado, sin doblez. Ver a Dios no es sólo una promesa futura; es la capacidad de reconocer su paso en lo simple, en lo pequeño, en lo cotidiano. Pero solo puede ver con claridad quien no vive dividido interiormente. ¿Nuestro corazón está orientado hacia Dios o disperso en mil direcciones?
Finalmente, Jesús no oculta las consecuencias del discipulado. Habla de persecución, de rechazo, de incomprensión. Vivir las bienaventuranzas no siempre será aplaudido. Pero aquí está la clave: el Reino pertenece a quienes permanecen fieles, incluso cuando no reciben reconocimiento.
Las bienaventuranzas no son una lista de exigencias imposibles. Son, ante todo, una revelación del rostro de Jesús. Él es el pobre, el manso, el misericordioso, el que sufre, el perseguido. Y al proclamarlas, no solo nos enseña un camino, sino que nos invita a caminar con Él.
Hoy, desde ese monte, Jesús nos mira y nos pregunta en silencio: ¿qué tipo de felicidad estás buscando? ¿La que promete el mundo o la que nace de vivir en el Reino?
Que el Espíritu Santo nos ayude no solo a escuchar estas palabras, sino a dejar que modelen nuestra vida.

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