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ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA - María: del camino a la gloria

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     La Solemnidad de la Asunción de María nos habla de quiénes somos y hacia dónde vamos. Celebramos que María, al terminar su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. No celebramos un privilegio especial y único, celebramos también nuestro destino.      La primera lectura del Apocalipsis nos presenta una imagen maravillosa: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Es una imagen de triunfo en la lucha, pero también de esperanza. El mal intentó imponerse, pero finalmente Dios tiene la última palabra, y María es signo.     Y el Evangelio nos lleva a una escena mucho más sencilla: María entra en casa de Isabel. No es un pasaje de exaltación, ni donde ella aparece rodeada de grandeza. Aparece caminando, llevando a Jesús dentro y acercándose a quien necesita ayuda. Isabel la reconoce y exclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vient...

DOM XX del T.O. He venido a traer fuego

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   Un hombre entró en una iglesia cuando ya no había nadie. Se acercó a una vela que estaba casi apagada y le dijo al sacerdote: —Padre, siento que mi fe se está apagando. El sacerdote no le dio ningún consejo. Simplemente acercó una cerilla a aquella pequeña llama y encendió otra vela. Después otra. Y otra. Cuando toda la iglesia quedó iluminada, le dijo: —¿Ves? Una llama pequeña puede volver a encender muchas otras. Pero primero hay que dejar que alguien la encienda.     El Evangelio de hoy comienza con unas palabras sorprendentes de Jesús: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» No habla de un fuego que destruye, sino del fuego que enciende el corazón, que despierta, que transforma, que impide vivir la fe con indiferencia. Jesús sabe que el Evangelio no deja a nadie igual. Cuando realmente entra en una vida, obliga a tomar decisiones. Por eso añade unas palabras todavía más desconcertantes: «¿Pensáis que he venido a traer paz...

DOM XIX DEL T.O. Hay tormentas que no hunden la barca; hunden la esperanza

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   Todos hemos pasado alguna vez por una tormenta; no solo las del cielo. Hay tormentas que llegan sin lluvia: una enfermedad, la muerte de un ser querido, una crisis familiar, el miedo al futuro, la soledad, el cansancio de seguir luchando. En esos momentos, la pregunta no es:¿dónde estoy yo?, sino: ¿dónde está Dios?      Eso mismo experimentan los discípulos en el Evangelio este domingo; están en medio del lago,  es de noche, el viento es contrario. Reman, pero no avanzan; Jesús no está con ellos... o al menos eso creen.    También la Iglesia, nuestras familias y cada uno de nosotros conocemos noches en las que parece que Dios guarda silencio. Pero el Evangelio nos ofrece una clave decisiva:   Jesús no evita la tormenta; entra en ella; n o llega cuando el mar ya está en calma, llega cuando las olas siguen golpeando la barca; y sus primeras palabras son un auténtico programa de vida:   «Ánimo, soy yo; no tengáis miedo.»   No d...

DOM XVIII T.O. "Cinco panes, dos peces... y un corazón dispuesto"

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   Todos hemos escuchado alguna vez esta frase: "con lo poco que tengo, no puedo hacer gran cosa. La dice quien piensa que su ayuda es insignificante, quien cree que su tiempo no cambia nada, quien piensa que su sonrisa, su visita o su oración no sirven de mucho... y, sin embargo, el Evangelio de este domingo desmiente esa idea.    Jesús se encuentra rodeado por una multitud; es tarde. Los discípulos hacen un cálculo muy razonable: "Despide a la gente para que vayan a comprar comida." Su propuesta parece lógica. Cada uno que resuelva su problema. Pero Jesús rompe esa lógica y responde con una frase que sigue desafiándonos hoy: "Dadles vosotros de comer." ¡Qué petición tan desconcertante! Los discípulos miran sus manos. Solo tienen cinco panes y dos peces. Es decir, casi nada. Pero Jesús no les pregunta cuánto tienen. Les pregunta si están dispuestos a compartirlo. Y ahí comienza el milagro. No empieza cuando se multiplican los panes. Empieza cuando alg...

DOM XVII DEL T.O. Cuando encuentras el tesoro

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      Hay una pregunta que todos nos hacemos alguna vez, aunque no siempre nos atrevamos a decirla en voz alta:  ¿qué es lo más valioso de mi vida?  Un empresario respondió: “Mi trabajo”; una madre dijo: “mis hijos”; un anciano contestó: “la paz del corazón”; y un joven, después de un largo silencio, dijo: “todavía no lo he descubierto”.  Está es la clave del Evangelio de este domingo:   la vida cambia cuando uno descubre un tesoro .   Jesús compara el Reino de los cielos con un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo. Y añade un detalle precioso:  “lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra el campo” .  No actúa obligado, no vende sus cosas con tristeza, no dice: “qué pena perder todo esto”. Al contrario:   la alegría del hallazgo hace pequeñas las renuncias .   Lo mismo sucede con el comerciante que encuentra una perla de gran valor. Ha visto muchas perlas en su vida, pero aquella es diferente. Y cuan...

DOMINGO XVI DEL T.O. ¿Arrancamos la cizaña?

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   Hace un tiempo, un jardinero recibió a un joven aprendiz. Mientras recorrían el jardín, el muchacho señaló unas malas hierbas que crecían entre las flores. —¿Por qué no las arrancas de una vez? —preguntó. El jardinero respondió: —Porque todavía no sé cuáles son realmente malas hierbas y cuáles son plantas que aún no han florecido… Vivimos en un mundo que juzga muy deprisa. Bastan unos segundos para etiquetar a una persona: buena o mala, amiga o enemiga, útil o inútil. Las redes sociales han convertido el juicio rápido en un deporte cotidiano. Pero Dios no actúa así.      El Evangelio de hoy nos presenta una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un enemigo siembra cizaña en medio del trigo. Los criados, con muy buena intención, quieren arrancarla inmediatamente, parece lo más lógico; sin embargo, el dueño responde: "No; no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega." Humanamente cues...

DOM XV DEL T.O. La semilla que nadie ve

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          Vivimos en la cultura de los resultados inmediatos. Todo debe ser rápido, visible y exitoso. Si un proyecto no da frutos enseguida, se abandona. Si una relación exige paciencia, se rompe. Si una persona no cambia cuando esperamos, dejamos de creer en ella. Nos cuesta sembrar porque queremos cosechar al instante.    También nos ocurre en la fe. Rezamos y esperamos soluciones inmediatas; educamos a nuestros hijos con valores, pero nos desesperamos cuando parecen tomar otros caminos; acompañamos a un enfermo, visitamos a una persona mayor o intentamos hacer el bien, y a veces nos invade la sensación de que todo es inútil. "¿De qué sirve tanto esfuerzo?", nos preguntamos.  Precisamente en esta realidad resuena con fuerza el Evangelio de este domingo.    Jesús contempla a un sembrador que sale a sembrar. Él no selecciona únicamente la tierra perfecta ni calcula obsesivamente dónde caerá cada grano, sencillamente siembra. Alguna...