Dom. III "Dame de beber del Agua viva"

   


   En este III Domingo de Cuaresma, la Palabra nos conduce a un lugar muy distinto del monte luminoso del domingo pasado. Hoy no subimos a lo alto; hoy nos detenemos junto a un pozo, en Sicar. Allí, en medio del camino polvoriento, Jesús se encuentra con una mujer samaritana. No hay discípulos privilegiados. No hay escena de gloria. Hay cansancio, calor y una historia personal marcada por heridas.

  Y en el centro de todo resuena una promesa que atraviesa los siglos: “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”.

  El Evangelio nos muestra a Jesús cansado del camino, sentado junto al pozo al mediodía, la hora más calurosa. La mujer viene sola, probablemente para evitar miradas y comentarios. Y Jesús rompe todas las barreras: habla con una mujer —algo poco habitual en aquel contexto—, con una samaritana —considerada extranjera y enemiga—, y con alguien cuya vida sentimental era conocida y cuestionada.

   El diálogo avanza poco a poco, como si Jesús fuera conduciendo a aquella mujer desde la superficie hacia lo profundo. Primero hablan de agua material. Luego, del “agua viva”. Después, de su vida concreta. Más tarde, del lugar verdadero donde se debe adorar a Dios. Y finalmente, llega la revelación: “Soy yo, el que habla contigo”.

  Es uno de los pocos momentos en que Jesús manifiesta tan claramente su identidad mesiánica. Y el detalle final es muy significativo: la mujer deja el cántaro y corre al pueblo. Vino a sacar agua y termina convirtiéndose en misionera. De buscadora pasa a testigo.

   Este pasaje tiene una fuerza enorme porque habla de la sed humana. En nuestros pueblos también hay sed. Sed de trabajo, de estabilidad, de afecto, de comprensión, de sentido. Y a veces intentamos saciarla en pozos que no llenan del todo: el consumo, el orgullo, los rencores antiguos, las costumbres vacías, distracciones que solo anestesian.

   La samaritana representa esa búsqueda constante que no termina de satisfacer. Su historia de relaciones rotas habla de intentos fallidos de encontrar plenitud. Pero Jesús no la humilla, no la condena. La conduce con paciencia hacia la verdad. La invita a mirar su propia vida sin miedo.

   Cuaresma es precisamente eso: dejar que Cristo nos muestre dónde estamos buscando el agua equivocada. Y hay un detalle sorprendente. Jesús, antes de ofrecer el agua viva, dice: “Dame de beber”. Es Dios quien pide. Es Cristo quien se presenta como necesitado. Dios se hace mendigo de nuestra fe. Tiene sed de nuestra conversión, de nuestra verdad, de nuestro amor.

   Recuerdo a un hombre conocido por su problema con el alcohol. Muchos lo daban por perdido. Un día, en plena Cuaresma, se acercó después de misa y dijo con una sinceridad que impresionaba: “Padre, estoy cansado de tener sed”.

   Comenzó un camino lento, con recaídas y luchas. No fue un cambio instantáneo. Pero cada semana volvía. Un año después decía a otros: “Yo buscaba olvidar mi sed, pero lo que necesitaba era cambiar de fuente”.

   No fue magia. Fue encuentro. Fue permitir que Cristo le hablara al corazón, como a la samaritana.

  Este Evangelio nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿Cuál es mi sed más profunda? ¿En qué pozos estoy buscando llenar mi vacío? ¿Dejo que Jesús me hable de mi verdad, o cambio de tema cuando la conversación se vuelve incómoda?

  Quizá esta semana podamos concretar algo sencillo pero profundo: hacer un examen de conciencia sin autoengaños, buscar el sacramento de la reconciliación, repetir en la oración: “Señor, dame de esa agua”. Tal vez incluso invitar a alguien alejado a acercarse a Dios.

La mujer dejó el cántaro. Dejó aquello con lo que había venido. Cuando uno encuentra de verdad a Cristo, algo queda atrás.

  Hermanos, peor que estar sediento es acostumbrarse a vivir con sed. Cristo nos espera junto al pozo de nuestra vida cotidiana. No en lo espectacular, sino en lo sencillo: en la oración humilde, en la Eucaristía dominical, en el gesto concreto de caridad.

   Pidámosle que transforme nuestra sequedad en manantial. Y que también nuestros pueblos, a veces resecos por el cansancio y la rutina, vuelvan a escuchar el anuncio alegre y sencillo de quienes han encontrado al Señor: “Hemos encontrado al Mesías.”

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