Dom. III de Adviento. Gaudete, Dominus prope est

   



  Este domingo la Iglesia nos invita a detenernos en medio del Adviento para dejarnos llenar por una palabra luminosa: ALEGRÍA. Por eso este domingo se llama Gaudete: “Alegraos”. Pero no se trata de cualquier alegría. No es euforia, no es risa fácil, no es simple optimismo. Es la alegría que nace de la presencia de Dios, la alegría que viene porque el Señor está cerca.

 

   La verdadera alegría comienza cuando reconocemos a Jesús presente, aunque sea en silencio, aunque sea escondido, aunque aún no haya nacido plenamente en nuestro corazón. La alegría cristiana no depende de que todo en nuestra vida vaya bien. Depende de saber que Dios está con nosotros, que nos acompaña, que no nos deja solos.

 

   Quizá este Adviento algunos llegamos cansados, preocupados, heridos por situaciones familiares, económicas o personales. A veces la vida parece quitarnos la alegría a pequeños mordiscos: una decepción, una enfermedad, un conflicto, un miedo escondido… Pero la alegría del Señor no es frágil. No se quiebra por un mal día. Es una semilla que sigue latiendo dentro de nosotros, esperando que la dejemos florecer.

 

  El Bautista del que nos habla Mateo, ya no es el profeta de voz atronadora que llama a la conversión a orillas del Jordán, sino el hombre débil y vacilante que parece albergar dudas sobre la identidad del Mesías. Encarcelado, vive un momento de crisis; y lanza una pregunta que revela la inquietud de su corazón: ¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?... 

 

   Mateo nos deja ver que incluso los grandes de Dios pueden dudar, pueden sentirse confundidos, pueden necesitar una respuesta. Y esto ya es una buena noticia para nosotros: la fe también incluye momentos de búsqueda, de preguntas, de incertidumbre.

 

  Jesús no responde a los enviados de Juan con un discurso teológico, ni con teorías, ni con reproches. Responde con signos: “Los ciegos ven,” “los cojos andan,” “los leprosos quedan limpios,” “los sordos oyen,” “los muertos resucitan,” “y a los pobres se les anuncia la buena noticia”. La respuesta de Jesús es clara: “Mira lo que está pasando. Donde Yo estoy, la vida vuelve.”


  La verdadera presencia de Jesús siempre tiene un efecto: da luz, levanta, limpia, abre, resucita, consuela. La alegría cristiana viene de aquí: Jesús está obrando, Jesús está actuando, Jesús está restaurando la vida; nace cuando dejamos de mirarnos sólo a nosotros mismos y miramos hacia Aquél que viene. Juan nos enseña que la auténtica alegría es humilde: no grita, no exige, no se impone… se ofrece, se comparte.

 

  Este evangelio nos deja tres llamadas claras:

1. Aceptar que también podemos dudar. Dios no se escandaliza de nuestras preguntas; lo importante es llevarlas a Él.

2. Mirar los signos de Jesús hoy. Aunque la vida tenga cárcel y oscuridad, Jesús sigue haciendo ver, oír, levantarse, y anunciar buenas noticias.

3. Recuperar la alegría confiada. La alegría del Adviento no es euforia: es la certeza de que el Señor está actuando, aunque no lo veamos del todo.

 

Una breve historia para iluminar: Cuenta una mujer que durante un tiempo muy difícil de su vida decía en la oración:

  •  “Señor, dame una señal, algo grande, un milagro visible.
  • Y parecía que no pasaba nada. Un día, ya cansada, decidió bajar la velocidad y mirar su día con calma.  Y comenzó a ver: una amiga que la llamó justo cuando más lo necesitaba, un médico que la atendió con una paciencia inesperada, un vecino que le llevó comida sin pedir nada, un niño que le regaló una sonrisa sin motivo. Y entonces comprendió: Jesús estaba actuando… solo que no de la manera que ella había imaginado.

  •   - Y dijo: “Señor, ahora veo tus señales. No estabas lejos, yo estaba distraída.”

   Este Domingo de la Alegría nos invita a mirar a Jesús con ojos nuevos; a descubrir sus signos en nuestra vida; a confiar incluso cuando tenemos preguntas; a alegrarnos porque el Señor está cerca y su presencia sigue curando, iluminando y levantando.

 

   Que María, mujer de la alegría y de la espera serena, nos enseñe a reconocer a su Hijo en lo pequeño y en lo cotidiano.

   Alegremos el corazón, porque el Señor está cerca.

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