Dom. V de Cuaresma "Yo soy la Vida"

  

  La Iglesia nos coloca hoy ante una escena que no podemos escuchar con indiferencia: una tumba cerrada, una familia llorando y un amigo que llega aparentemente tarde. Estamos ya a las puertas de la Semana Santa. Y antes de contemplar la cruz, la liturgia nos hace mirar de frente la muerte.

  Lázaro ha muerto. Cuatro días en el sepulcro. Para la mentalidad judía, ya no hay nada que hacer. La esperanza humana ha terminado. Y, sin embargo, en ese escenario de derrota resuena una de las afirmaciones más fuertes de todo el Evangelio: “Yo soy la Resurrección y la Vida.”

  No es una frase piadosa. No es un consuelo psicológico. Es una declaración de identidad. Jesús no dice: “Yo explico la vida”, ni siquiera “Yo doy vida”. Dice: Yo soy Vida.

   El relato tiene una profundidad extraordinaria. Jesús ama a Lázaro, ama a Marta y a María. Y, sin embargo, cuando recibe la noticia de la enfermedad, no corre. Se queda dos días más. Esto desconcierta. Pero el Evangelio no quiere mostrarnos indiferencia, sino revelación. Jesús no quiere simplemente evitar una muerte; quiere revelar quién es Él.

  Cuando llega, Marta sale a su encuentro. Es una mujer de fe, pero su fe todavía mira al futuro, dice: “Resucitará en el último día”. Jesús la conduce más allá, porque la fe no es solo esperar algo para mañana. Es reconocer a Alguien hoy.

  Antes del milagro, hay un detalle decisivo: “Jesús lloró”. Dios llora. Dios no es frío ante nuestro dolor. No contempla la muerte desde lejos. La asume. La atraviesa. La comparte. Después grita con autoridad: “¡Lázaro, sal fuera!”. Y el muerto sale, todavía vendado. Entonces Jesús dice a los que están alrededor: “Desatadlo y dejadlo andar”.

Aquí hay un mensaje muy actual. Cristo devuelve la vida, pero la comunidad tiene que desatar. El Señor llama, pero nosotros ayudamos a que otros caminen.

  Hermanos, este Evangelio no habla solo de un hombre que murió hace dos mil años. Habla de nuestras tumbas. Hay muertes silenciosas que no salen en las esquelas: La muerte del entusiasmo. La muerte de un matrimonio que ya no dialoga. La muerte de la ilusión en un joven que no encuentra sentido. La muerte interior de quien vive atrapado en el rencor.

  A veces respiramos, trabajamos, cumplimos… pero por dentro estamos encerrados. Y quizá lo más dramático no es estar en la tumba, sino acostumbrarse a ella. Cristo hoy se detiene ante nuestra piedra cerrada y pronuncia nuestro nombre. No habla en general. No dice “que salga alguien”. Dice tu nombre. Y dice: Sal fuera.

   Recuerdo a un hombre en el hospital que llevaba años alejado por un conflicto familiar. Vivía aislado, endurecido. Un día se acercó al templo y dijo: “Padre, siento que estoy muerto por dentro”. Aquella frase me hizo pensar inmediatamente en este Evangelio. Comenzó un camino lento de reconciliación. No fue inmediato. Hubo orgullo que vencer, palabras que pensar, heridas que reconocer. Pero meses después alguien comentó: “Parece otro”. No era otro. Era el mismo… pero había escuchado la voz que lo llamaba fuera de su tumba.

   Eso es lo que significa que Cristo diga: Yo soy Vida. Donde Él entra, algo comienza a moverse. Donde Él habla, la piedra empieza a ceder.

   Estamos ya en la recta final de la Cuaresma. Tal vez hoy la pregunta no es si creemos en la resurrección al final de los tiempos. La pregunta es más directa: ¿Creo que Cristo puede dar vida a lo que hoy en mí está muerto? ¿Me atrevo a salir? ¿Estoy dispuesto a dejar que otros me ayuden a quitar las vendas?

   No tengamos miedo. El que lloró ante la tumba es el mismo que tiene autoridad sobre ella. El que comparte nuestro dolor es el que puede transformarlo. Que en esta Eucaristía escuchemos, en lo profundo del corazón, su voz firme y compasiva: “Yo soy Vida.” Y que, aunque la piedra parezca pesada, demos un paso. Porque cuando Cristo está presente, ninguna tumba tiene la última palabra.

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