Dom. II de Cuaresma. "Escuchadle"
En este II Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos lleva al monte de la Transfiguración. Este pasaje está precedido del anuncio de la pasión. Jesús ha dicho claramente a sus discípulos que deberá sufrir, que será rechazado y que morirá. Aquellas palabras debieron de caer como un peso sobre el corazón de quienes lo seguían con ilusión. Y en ese contexto, el Señor toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los conduce aparte, a un monte alto.
Allí sucede algo extraordinario: su rostro brilla como el sol, sus vestidos se vuelven blancos como la luz. No es un espectáculo para impresionar, sino una revelación. Es como si, por un instante, se descorriera el velo y los discípulos pudieran ver quién es realmente aquel a quien siguen.
Aparecen las figuras de Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, conversando con Él. Todo el Antiguo Testamento converge en Cristo. Toda la historia de la salvación encuentra en Él su cumplimiento. Y entonces, desde la nube —esa nube que en la Biblia indica la presencia misteriosa de Dios— se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”.
La escena está cuidadosamente situada. La Transfiguración no es un paréntesis luminoso sin relación con la cruz. Es una anticipación de la gloria pascual para sostener la fe cuando llegue la hora oscura. Jesús no elimina el anuncio del sufrimiento; lo ilumina. No suprime la cruz; muestra que la cruz no es el final.
La voz del Padre es clara. No dice: escuchad a Moisés. No dice: escuchad a Elías. Dice: escuchadle a Él. A partir de ahora, la Palabra definitiva es el Hijo. Y cuando los discípulos, llenos de temor, caen rostro en tierra, es Jesús quien se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos, ya no ven a nadie más que a Él solo. Esa frase es central: Jesús solo. Él es suficiente.
También nosotros vivimos entre anuncios de cruz: enfermedades que llegan sin aviso, trabajos que faltan, jóvenes sin proyectos, tensiones familiares, incertidumbres que pesan. A veces la fe se vuelve cuesta arriba y el camino parece más oscuro que luminoso.
La Cuaresma nos conduce al monte no para huir de la realidad, sino para aprender a mirarla desde la luz de Cristo. El Tabor no sustituye al Calvario; lo prepara. La gloria no elimina el dolor; lo llena de sentido.
Y en medio de tantas voces que nos rodean —opiniones, redes sociales, rumores, miedos— vuelve a resonar una palabra que atraviesa los siglos: escuchadle. Escuchadle cuando habla del perdón. Escuchadle cuando dice que el que quiera ser grande, sea servidor. Escuchadle cuando invita a cargar la cruz. Escuchadle cuando promete vida eterna.
Pedro, deslumbrado, propone hacer tres tiendas y quedarse allí. Es comprensible. A todos nos gustaría quedarnos en los momentos de luz. Pero la experiencia de Dios no es para instalarnos; es para fortalecernos y volver a la realidad, donde la vida concreta nos espera.
Recuerdo a un catequista de un pequeño pueblo de montaña. Hombre sencillo, agricultor, de pocas palabras. Un año perdió toda su cosecha por una helada tardía. Algunos le preguntaban con ironía: “¿De qué te sirve tanta misa? ¿Dónde está tu Dios ahora?”. Él respondió con serenidad: “No entiendo todo lo que pasa, pero yo sé a quién tengo que escuchar”. Y siguió sirviendo en la parroquia, enseñando a los niños, visitando a los enfermos.
No experimentó una transfiguración visible. Pero en su fidelidad silenciosa brillaba una luz más fuerte que cualquier helada. Había aprendido a escuchar a Cristo por encima del ruido y de la decepción.
Quizá esta semana podamos concretar el Evangelio en gestos sencillos. Dedicar cada día unos minutos a leer algo de la Palabra De Dios en silencio. O antes de una decisión importante, preguntarnos: ¿qué diría Jesús? En un conflicto familiar, elegir escuchar antes que imponer. En la comunidad, discernir desde la Palabra más que nuestras propias opiniones.
Cuaresma no es solo dejar algo; es afinar el oído del corazón. Tal vez el mayor ayuno que necesitamos sea el de tantas voces que nos distraen, para hacer espacio a una sola: la del Hijo amado.
Que al bajar del monte este domingo lo hagamos con una certeza renovada. No estamos solos en el camino hacia la cruz. El que se transfiguró es el mismo que caminará hasta el Calvario y abrirá la tumba.

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