Dom. VI del T.O. Que tu vida suene a Evangelio

   


    El Evangelio de este sexto domingo del tiempo ordinario nos sitúa nuevamente en el Sermón del Monte. Jesús acaba de proclamar las Bienaventuranzas y ahora da un paso más: nos ayuda a comprender qué significa vivir de verdad como discípulos suyos. Por eso comienza aclarando algo fundamental: no ha venido a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles plenitud. Jesús no elimina la Ley, sino que la lleva a su sentido más profundo, que no es otro que el amor.

    En tiempos de Jesús, muchos creían que ser fiel a Dios consistía en cumplir una serie de normas externas. Mientras uno no matara, no cometiera adulterio o no jurara en falso, se sentía tranquilo ante Dios. Pero Jesús va directo al corazón y nos dice que el problema no empieza en el acto, sino mucho antes. ¿De qué sirve no matar si en el corazón guardamos rencor, desprecio o palabras que hieren? ¿De qué sirve una fidelidad solo exterior si por dentro dejamos que la mirada y el deseo conviertan al otro en objeto? ¿cómo está nuestro corazón?, ¿qué emociones, pensamientos o actitudes se esconden detrás de una conducta aparentemente correcta?

   Jesús no nos dice esto para condenarnos, sino para liberarnos. Él sabe que una vida dividida, donde por fuera mostramos una cosa y por dentro vivimos otra, termina desgastándonos. Dios no se conforma con una justicia mínima, con un “cumplo y listo”. Nos invita a una justicia mayor, una justicia que nace de un corazón reconciliado, sanado, capaz de amar de verdad. Por eso insiste tanto en la ira, en la mirada, en la palabra. Porque es ahí, en lo pequeño y cotidiano, donde se juega la autenticidad de nuestra fe.

   Hoy también nosotros podemos caer en la tentación de una fe superficial. Podemos pensar que somos buenos cristianos solo porque no hacemos grandes males, pero el Evangelio nos pregunta algo más profundo: ¿cómo tratamos a los demás?, ¿cómo hablamos en casa?, ¿cómo reaccionamos cuando alguien nos contradice o nos hiere?, ¿buscamos reconciliarnos o preferimos mantener distancias y silencios que matan lentamente? La fe no se mide solo por lo que evitamos, sino por el amor que somos capaces de generar a nuestro alrededor.

    Jesús termina hablando de la palabra, del “sí” y del “no”. En un mundo lleno de promesas vacías, de discursos ambiguos y de medias verdades, el cristiano está llamado a ser una persona íntegra, alguien cuya palabra sea confiable porque nace de un corazón transparente. Y aquí la pregunta se vuelve inevitable: si los demás se acercaran a Dios a través de mi forma de vivir, ¿qué imagen de Dios descubrirían?, ¿un Dios exigente y lejano, o un Dios que transforma, sana y libera?

   Cuentan que un anciano artesano hacía campanas para una iglesia. No eran las más grandes ni las más bonitas, pero tenían un sonido especial. Un día alguien le preguntó por qué sonaban distinto, y él respondió que antes de fundir el metal se aseguraba de quitar toda impureza. “Si no lo hago —decía—, la campana puede verse bien por fuera, pero su sonido será falso”. Luego añadió: “Con el corazón pasa lo mismo: Dios no busca apariencias, busca verdad”.

   Hoy el Señor nos invita a dejar que su Palabra purifique nuestro interior, para que nuestra vida no sea solo correcta por fuera, sino auténtica por dentro. Que no nos conformemos con una fe mínima, sino que dejemos que Cristo le dé plenitud a nuestra vida. Y que, al final, nuestra existencia —como una buena campana— no solo se vea cristiana, sino que suene a Evangelio

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