Miércoles de Ceniza

    Comenzamos la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. La Iglesia nos invita a mirar nuestro corazón, a reconocer nuestras fragilidades y a volver a Dios con sinceridad. El Evangelio de Mateo nos recuerda que nuestras prácticas de piedad —el ayuno, la oración y la limosna— no deben ser simples rituales para ser vistos por los demás, sino gestos que nacen de un corazón abierto a Dios.

   Jesús nos dice que cuando damos limosna, no debemos anunciarlo para ser aplaudidos; cuando oramos, no debemos hacerlo para impresionar; y cuando ayunamos, no debemos mostrar tristeza como si nuestra virtud dependiera de la mirada de los demás. Esto nos interpela directamente: ¿busco agradar a Dios o busco reconocimiento humano en mi fe?

    Lo que Jesús nos propone es vivir la espiritualidad desde la autenticidad interior. La Cuaresma no es un concurso de sacrificios; es un tiempo de encuentro verdadero con Dios, un tiempo de conversión. Cuando damos limosna, oramos o ayunamos con sinceridad, abrimos el corazón a Dios y dejamos que su amor transforme nuestra vida. Pero para que esta transformación ocurra plenamente, debemos reconocer nuestras faltas y dejarnos sanar.

   Este día la Iglesia nos invita a acercarnos a la confesión, a la reconciliación. La ceniza es un signo de humildad, de que necesitamos a Dios, de que somos frágiles y humanos. Si sentimos peso en el corazón por pecados, ofensas o resentimientos, la confesión nos ofrece un camino concreto para liberar nuestra alma y empezar de nuevo. Nos permite recibir el perdón de Dios y experimentar su misericordia de manera real, profunda y transformadora.

   Preguntémonos con sinceridad: ¿hay en mi vida heridas o pecados que necesito confesar? ¿He guardado rencor, envidia o orgullo que me alejan de Dios y de los demás? La confesión no es un castigo, sino un abrazo de Dios que nos renueva y nos devuelve la alegría de vivir en su amistad.

   Jesús nos invita a que nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna nazcan de un corazón reconciliado. La verdadera Cuaresma comienza con esta reconciliación: con el gesto humilde de reconocer que necesitamos a Dios y dejar que Él nos limpie y nos renueve. Si nos acercamos a Dios con humildad y confianza en la confesión, nuestra oración será más sincera, nuestro ayuno más verdadero y nuestra caridad más pura.

   Al recibir la ceniza recordamos que somos polvo y al polvo volveremos. Pero mientras vivimos, Dios nos ofrece un camino de vida y de perdón. Hoy podemos dar un paso decisivo: acercarnos al sacramento de la reconciliación, dejar que Dios nos limpie, nos renueve y nos fortalezca para vivir una Cuaresma auténtica. Preguntémonos: ¿estoy dispuesto a dejar mis pecados en manos de Dios y experimentar su misericordia?

    Que esta Cuaresma sea un tiempo en que nuestra vida se transforme desde dentro, y que nuestras acciones, aunque ocultas a los demás, resuenen en el corazón de Dios y produzcan frutos de amor, paz y alegría en nuestra vida y en la de quienes nos rodean. La confesión es la puerta para empezar de nuevo, con un corazón limpio y abierto a la gracia de Dios.

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