DOM XXIX del T.O. En el mundo, pero De Dios.
Una vez preguntaron a un médico: «¿Qué haces cuando tienes un problema que no puedes resolver?». Él respondió: «Hago mi parte y dejo a Dios la suya» … Parece una buena manera de entrar en el Evangelio de hoy.
Los fariseos quieren poner a Jesús contra las cuerdas y le preguntan: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?»; parece una pregunta sencilla, pero es una trampa. Si Jesús dice que sí, pueden acusarlo de ponerse del lado de Roma; si dice que no, pueden denunciarlo. Jesús no entra en la provocación. Pide una moneda y pregunta: «¿de quién es esta imagen?»; contestan: «del César». Entonces pronuncia aquella frase que ha quedado en la memoria cristiana: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». No significa que tengamos una vida dividida: una parte para Dios y otra para el mundo, no. Jesús nos recuerda algo mucho más profundo: hay cosas que pertenecen a nuestras responsabilidades humanas, pero nuestra vida entera pertenece a Dios. Tenemos obligaciones con la sociedad: cumplir las leyes, trabajar honestamente, pagar lo que corresponde, cuidar el bien común, participar responsablemente en la vida social; pero hay algo que ningún poder humano puede reclamar: nuestra conciencia, nuestra dignidad y nuestro corazón. La moneda llevaba la imagen del César, pero nosotros llevamos otra imagen: la imagen de Dios.
Por eso la pregunta fundamental no es «¿qué le debo al César?», sino «¿qué le estoy dando a Dios?». Porque podemos pagar impuestos, cumplir obligaciones, trabajar, atender a nuestra familia… y, sin embargo, estar olvidando lo esencial: nuestra relación con Dios. A veces le damos a Dios las sobras: las sobras de nuestro tiempo, de nuestra atención, de nuestra energía... y cuando no queda nada, entonces rezamos; y Dios no quiere las sobras de nuestra vida, quiere nuestro corazón.
San Pablo, en la segunda lectura, felicita a los cristianos de Tesalónica porque su fe no se ha quedado en palabras: su fe se ha convertido en obras, su amor en esfuerzo y su esperanza en perseverancia. Esta es una buena forma de medir nuestra fe: ¿se nota Dios en nuestra manera de vivir? si es así, Él se hace presente en cómo tratamos a nuestra familia, en cómo hablamos de los demás, en cómo utilizamos nuestro tiempo, en cómo afrontamos una enfermedad o una dificultad, en cómo trabajamos cuando nadie nos está mirando, en cómo tratamos al que no puede darnos nada a cambio.
El papa Francisco recordaba muchas veces que la fe cristiana no puede encerrarse en el templo, tiene que hacerse vida concreta, compromiso y servicio. Y este domingo tiene un significado especial porque estamos celebrando el DOMUND 2026, que cumple cien años, con el lema: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Este lema encaja perfectamente con el Evangelio: si nuestra vida pertenece a Dios, también nuestra fe tiene una misión. No somos cristianos solamente para nosotros mismos; hemos recibido el Evangelio para compartirlo, para llevarlo allí donde hace falta esperanza, consuelo y sentido. Dar a Dios lo que es de Dios significa también poner nuestra vida al servicio de su misión. Y no todos tenemos que ir lejos; podemos ser misioneros allí donde vivimos: en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestro trabajo, con una palabra, un gesto, una ayuda, una vida coherente. El papa León XIV también indica que la misión nace de estar unidos en Cristo y se realiza juntos, como una sola familia.
Por eso el Evangelio de este domingo no nos invita a escoger entre Dios y nuestras responsabilidades, nos invita a vivirlas todas desde Dios. Dad al César lo que es del César… y a Dios lo que es de Dios. Al César podemos darle una moneda. A Dios tenemos que darle algo mucho más grande: nuestra vida.
Que el Señor nos ayude a cumplir nuestras responsabilidades en el mundo sin olvidar nunca de quién somos. Porque podemos vivir en este mundo, trabajar en este mundo y preocuparnos por este mundo… pero nuestro corazón tiene una dirección última: Dios.

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