DOM TODOS LOS SANTOS , SOLEMNIDAD Memoria, gratitud, santidad sencilla y esperanza cristiana


   

   Uno entra en la iglesia, mira los bancos, recuerda los nombres de quienes estuvieron aquí durante tantos años; después sale al cementerio y encuentra un nombre, unas flores… y entonces comprende que un pueblo no está hecho solamente de los que viven y han vivido en él. También está hecho de quienes nos precedieron, de quienes trabajaron estas tierras, levantaron estas casas, cuidaron de sus familias y transmitieron una fe que nosotros hemos recibido.

 

   Por eso la Iglesia une estos días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Miramos hacia el cielo y miramos hacia el cementerio. Celebramos a quienes ya participan de la vida de Dios y rezamos por aquellos hermanos nuestros que todavía ponemos en sus manos. Es la comunión de los santos: la vida no termina en la muerte y el amor no queda enterrado en una tumba.

 

  En Todos los Santos escuchamos el evangelio de las Bienaventuranzas: «Dichosos los pobres de espíritu… los que lloran… los misericordiosos… los que trabajan por la paz». Un programa de santidad; Y pensamos que los santos fueron personas extraordinarias, lejanas, con vidas excepcionales. Pero muchos de ellos han sido personas sencillas; personas que trabajaron, cuidaron a sus familias, sufrieron enfermedades, perdonaron, rezaron, ayudaron a un vecino y siguieron adelante cuando la vida se puso difícil.

 

   La santidad no hace ruido; puede estar en una madre que nunca dejó de cuidar a su familia. En un padre que trabajó toda su vida. En una mujer que acompañó a una vecina. En un hombre que supo perdonar. En una persona mayor que rezó durante años por sus hijos y sus nietos. Muchos de nuestros difuntos nunca aparecerán en ningún libro, pero sus nombres, su santidad, están escritos en nuestro corazón.

 

   Hoy Jesús nos recuerda algo fundamental: la muerte no tiene la última palabra. En la conmemoración de los difuntos la Iglesia proclama precisamente esta certeza: Cristo ha vencido la muerte y nos abre el camino hacia la vida. Entre las lecturas propuestas para este día aparece la palabra de Jesús a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida». Por eso hoy no venimos solamente a llorar. Venimos a recordar, a agradecer y a esperar.

 

  Recordamos a nuestros difuntos porque el amor que les tuvimos sigue vivo. Agradecemos sus vidas porque algo de ellos continúa en nosotros. Y esperamos porque nuestra fe nos dice que la muerte no es el final del camino. Dentro de unos momentos iremos al cementerio; allí están los nombres de muchos de los nuestros. Encontraremos una tumba ante la que todavía nos cuesta detenernos. Quizá pronunciemos interiormente el nombre de alguien que seguimos echando de menos. No tengamos miedo de hacerlo, porque para un cristiano recordar a un difunto no significa quedarse atrapado en el pasado. Significa poner su vida en las manos de Dios y reconocer que el amor fue más fuerte que la muerte.

 

  Este día también nos invita a preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con la vida que todavía tenemos?


   Los santos nos recuerdan que estamos llamados a la santidad. Los difuntos nos recuerdan que nuestra vida es limitada. Y entre ambas cosas aparece una invitación muy sencilla: vivir bien, amar más, perdonar antes, agradecer más y no dejar para mañana el bien que podemos hacer hoy. Porque al final de la vida quizá descubramos que lo verdaderamente importante no fueron las cosas que acumulamos, sino las personas que amamos y el bien que dejamos en ellas.

 

   Hoy ponemos a nuestros difuntos en las manos de Dios. Y le pedimos también al Señor que, cuando llegue nuestro momento, podamos encontrarnos con ellos en esa casa del Padre donde ya no habrá lágrimas, ni enfermedad, ni muerte, sino vida para siempre.

 

   Que nuestros difuntos descansen en paz. Que los santos intercedan por nosotros. Y que nosotros aprendamos a vivir de tal manera que un día podamos encontrarnos todos en la casa de Dios. Amén.

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