DOM XXVII del T.O. La viña es un regalo, pero también una responsabilidad
Un hombre recibió como herencia una pequeña huerta. Al principio la cuidaba con ilusión: limpiaba, podaba, quitaba las malas hierbas y esperaba con paciencia los frutos. Pero con el paso del tiempo empezó a cansarse. Dejó de podar, dejó de limpiar y terminó diciendo: «La huerta no da nada». Un vecino cercano le respondió: «Has pensado que el problema no es que la huerta no dé fruto; quizá es que hace tiempo que dejaste de cuidarla».
El Evangelio de este domingo habla de una viña; una viña que es también nuestra vida, nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra Iglesia. Jesús cuenta la parábola de unos labradores a los que se les confía una viña; el dueño espera sus frutos, pero ellos quieren quedarse con todo. Cuando llegan los enviados a reclamar, los maltratan, y finalmente matan al propio hijo del dueño. A los que escuchan la parábola pregunta Jesús: «¿Qué hará con aquellos labradores?». Y ellos responden: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros».
La parábola nos obliga a mirarnos a nosotros mismos, porque Dios también nos ha confiado una viña; nos ha dado una vida, personas que nos quieren, una familia, capacidades, tiempo, oportunidades, una comunidad, una fe. Nada de eso nos pertenece absolutamente; todo es regalo y, al mismo tiempo, responsabilidad… Podemos preguntarnos ¿qué frutos está produciendo mi vida? porque podemos tener muchas cosas y producir pocos frutos; podemos ocupar nuestro tiempo, cumplir obligaciones, incluso participar en la Iglesia, y sin embargo estar dejando que nuestra viña se llene de malas hierbas: indiferencia, egoísmo, resentimiento, comodidad, falta de oración, poca preocupación por los demás.
San Pablo, en la segunda lectura, nos da una pista muy concreta: «Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable… tenedlo en cuenta». Es decir, para que nuestra viña fructifique, cuidemos aquello que alimenta una vida buena.
Hoy necesitamos recordar algo sencillo: la viña no da fruto por casualidad; necesita cuidado. Una familia necesita cuidado; una amistad necesita cuidado; la fe necesita cuidado; una parroquia necesita cuidado… también nuestro corazón necesita ser podado de vez en cuando.
El papa Francisco repetía que la vida cristiana no consiste solamente en conservar lo recibido, sino en salir y dar fruto. La fe que no se convierte en vida, que no se da, termina secándose.
Puede que este domingo sea un buen momento para preguntarnos: ¿qué estoy cuidando? ¿Qué estoy descuidando? ¿Qué fruto está esperando Dios de mí?
Y hay algo más en el Evangelio que no deberíamos pasar por alto. Los labradores quieren quedarse con la viña como si fuera exclusivamente suya. También nosotros podemos caer en esa tentación: pensar que todo nos pertenece y olvidar que somos administradores.
La vida es un regalo. Las personas son un regalo. El tiempo es un regalo. La fe es un regalo. Por eso, al final, Dios no nos preguntará solamente cuánto hemos recibido, sino qué hemos hecho con lo que recibimos.
Hoy el Señor vuelve a confiarnos su viña. No espera frutos extraordinarios, espera frutos verdaderos: una palabra que reconcilia, una visita al que está solo, paciencia con quien nos cuesta, tiempo para la familia, una oración hecha con sinceridad, un servicio realizado sin buscar reconocimiento. Nuestra viña, es posible que no necesite grandes cambios, quizá solamente necesite que volvamos a cuidarla, porque Dios sigue confiando en nosotros.

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