DOM XXVIII del T.O. Ven, te estaba esperando


  Una mujer recibió una invitación para una gran celebración. Durante días preparó su vestido, pensó en el regalo y esperaba con ilusión aquel momento. Pero cuando llegó el día, tenía tantas cosas pendientes que terminó diciendo: «no puedo ir, tengo demasiado que hacer» ….A veces la vida nos sucede así: Dios nos invita a una fiesta, pero nosotros estamos demasiado ocupados para acudir. 

 

   En el Evangelio, Jesús compara el Reino de Dios con un banquete de bodas. El rey prepara todo: la mesa está servida, la fiesta está preparada, los invitados han sido llamados; pero ocurre algo sorprendente: los invitados rechazan la invitación. Unos se van a sus tierras, otros a sus negocios, cada uno en sus asuntos. No son necesariamente personas malas, simplemente tienen otras prioridades. Podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida? Porque quizá no hemos rechazado a Dios, simplemente lo hemos ido dejando para después: «cuando tenga tiempo, rezaré». «Cuando esté menos ocupado, volveré a la Iglesia». «Cuando resuelva mis problemas, pensaré en Dios», y pasan los días, los años… y la invitación sigue esperando. Lo más interesante de la parábola es que, ante el rechazo, el rey no cancela el banquete. Sale a buscar a otros: «Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda».

Dios no deja de invitar.

 

   La primera lectura de Isaías presenta precisamente esta imagen de Dios preparando un banquete para todos los pueblos. Dios quiere compartir su alegría; no es un Dios que disfruta excluyendo, sino un Padre que prepara la mesa y quiere que nadie quede fuera.

 

   San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda algo que a veces olvidamos: «Sé vivir en pobreza y abundancia». Ha aprendido a vivir confiando en Dios en cualquier circunstancia. Hoy nuestro problema puede ser que buscamos seguridad en muchas cosas y olvidamos que la verdadera seguridad está en saber que Dios camina con nosotros.

 

   El Evangelio termina con una escena extraña: uno de los invitados aparece sin traje de boda. ¿Qué significa? No basta con aceptar exteriormente la invitación, la invitación de Dios tiene que cambiar nuestra manera de vivir. No basta con venir a misa; hay que dejar que el Evangelio transforme nuestro corazón. No basta con llamarnos cristianos; nuestra vida tiene que mostrar algo de Cristo.

 

   El papa Francisco insistía en que la Iglesia debe ser una Iglesia de puertas abiertas, capaz de salir al encuentro de todos. Y este Evangelio nos recuerda que la mesa de Dios es grande, pero que aceptar la invitación implica también ponerse en camino y dejarse transformar.

 

   ¿Estoy viviendo como un invitado agradecido o como alguien que siempre tiene una excusa para no acudir? Porque Dios sigue preparando la mesa, nos invita cuando estamos alegres y cuando estamos cansados; cuando todo va bien y cuando la vida se complica. Nos invita a compartir, a perdonar, a servir, a celebrar, a confiar. No necesitemos hacer grandes propósitos; solo uno: no dejar pasar la invitación de Dios. Hay invitaciones que pueden esperar. La de Dios, no. Porque el banquete está preparado, la mesa está servida y Dios nos dice hoy: «Ven. Te estaba esperando». Que el Señor nos bendiga y acompañe.

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