DOM XXVI del T.O. Del sí de los labios, al si de la vida
Un padre pidió a sus dos hijos que fueran a trabajar a la viña. El primero respondió: «No quiero», pero después se lo pensó y fue. El segundo dijo inmediatamente: «Voy, señor», pero no fue. Jesús pregunta al final de la parábola: «¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?». La respuesta es clara: el primero.
El Evangelio nos recuerda algo muy sencillo, pero exigente: nuestra fe no se mide solamente por lo que decimos, sino por lo que hacemos. Podemos decir muchas veces «sí, Señor»: en nuestras oraciones, en nuestras celebraciones, en nuestras buenas intenciones. Pero el verdadero «sí» es el que aparece después, en la vida concreta: cuando perdonamos, cuando ayudamos, cuando visitamos a alguien que está solo, cuando cumplimos una responsabilidad, cuando somos capaces de reconocer un error.
La primera lectura, por medio del profeta Ezequiel, nos recuerda que cada persona es responsable de su respuesta ante Dios. No podemos vivir siempre de las decisiones del ayer. Podemos cambiar. Podemos volver a empezar. Y eso es lo valioso del primer hijo: dijo que no, pero cambió de camino. Dios no se fija solamente en nuestro pasado, mira también nuestra capacidad de convertirnos.
San Pablo, en la segunda lectura, nos presenta a Cristo como modelo de una vida entregada: «No actuéis por rivalidad ni por vanagloria; considerad siempre superiores a los demás». Jesús no vivió para sí mismo. Su «sí» al Padre se convirtió en servicio, entrega y amor.
Podemos preguntarnos hoy también es nosotros: ¿Mi vida confirma lo que dicen mis labios? Porque quizá algunas veces hemos dicho «no» a Dios con nuestras decisiones, con nuestra comodidad, con nuestro egoísmo, pero siempre podemos volver.
Este domingo es también una buena ocasión para terminar el Mes de la Biblia recordando a san Jerónimo, aquel gran amante de la Palabra de Dios que nos dejó una frase que resume perfectamente lo que estamos celebrando: «Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo». La Biblia no es un libro para dejar cerrado en una estantería, no; es Palabra que nos habla, nos cuestiona y nos pone en camino. San Jerónimo dedicó su vida a conocer, traducir y explicar las Escrituras para que la Palabra pudiera llegar al corazón de todos.
Terminemos este mes no guardando de nuevo la Palabra De Dios, sino abriéndola, porque la Palabra que escuchamos necesita convertirse en vida: «Señor, que mi sí no se quede en palabras. Que mi vida diga sí por mí.»

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