DOM XXV del T.O. ¿Por qué él sí y yo no?
Hace unos años escuché una frase que se me quedó grabada: «La comparación es el ladrón de la alegría». Dos personas reciben exactamente el mismo regalo. Una se alegra muchísimo. La otra, al descubrir que su vecino ha recibido algo mejor, deja de disfrutar lo suyo. El regalo no ha cambiado. Lo que ha cambiado es la comparación. Y algo parecido nos sucede muchas veces con Dios.
Jesús nos presenta hoy una escena desconcertante. Un propietario sale varias veces a contratar trabajadores para su viña: unos trabajan desde primera hora de la mañana, otros comienzan a mediodía y otros llegan cuando apenas queda una hora de jornada. Al final, todos reciben el mismo salario. Los que han trabajado todo el día protestan: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros».
Humanamente entendemos su reacción. «No es justo». Pero Jesús quiere llevarnos más lejos. El dueño responde: «¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Aquí está la clave: el problema de aquellos trabajadores no era recibir poco; era que otro recibiera tanto como ellos. Y esto nos pasa también a nosotros. Nos cuesta alegrarnos por el bien del otro cuando sentimos que nosotros hemos recibido menos. Comparamos nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra situación, nuestros años de esfuerzo, incluso nuestra vida cristiana. «Yo llevo toda la vida en la Iglesia y aquel acaba de llegar…». «Yo siempre he estado disponible y a otro le reconocen más». «Yo he trabajado muchísimo y parece que a otros todo les resulta más fácil». Y poco a poco la comparación nos roba la paz.
La primera lectura nos ofrece la respuesta: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Dios no funciona con nuestras calculadoras. Nosotros pensamos en méritos, recompensas, derechos y proporciones. Dios mira de otra manera. Dios no ama según nuestros méritos; ama porque es bueno. Y eso es una buena noticia, porque también nosotros hemos llegado muchas veces tarde a la viña. También nosotros hemos desperdiciado horas, hemos tomado decisiones equivocadas, nos hemos alejado y hemos vuelto. Y, sin embargo, Dios sigue saliendo a nuestro encuentro. La parábola no habla solamente de los demás. Habla de nosotros.
Quizá hoy necesitamos dejar de preguntarnos: «¿Por qué Dios le da a él lo que no me da a mí?», y empezar a preguntarnos: «¿Soy capaz de agradecer lo que Dios me ha dado?» El papa Francisco ha hablado muchas veces de la «cultura del descarte» y de una sociedad marcada por la competencia. El Evangelio nos propone otra lógica: la lógica de la gratuidad. No somos rivales ante Dios. Somos hijos. Y un padre no ama menos a un hijo porque ame mucho al otro. Por eso quizá hoy tengamos que liberarnos de alguna comparación. Dejar de mirar tanto al que está al lado y volver a mirar a Dios. Porque cuando vivimos comparándonos, nunca tenemos suficiente. Cuando vivimos agradeciendo, descubrimos que hemos recibido mucho más de lo que merecemos.
Y hay una última frase del Evangelio que merece quedar resonando en nosotros: «Los últimos serán primeros y los primeros, últimos». En el Reino de Dios no gana quien llega antes, sino quien aprende a amar.
Que el Señor nos dé un corazón capaz de alegrarse por el bien de los demás, de agradecer lo recibido y de confiar en que la bondad de Dios nunca es una injusticia. Porque cuando dejamos de comparar lo que recibimos con lo que reciben los demás, empezamos a descubrir la grandeza de lo que Dios ya nos ha regalado.
Comentarios
Publicar un comentario