DOM XXIV del T.O. No lleves la cuenta
Un hombre llevaba años sin hablar con su hermano. Habían tenido una discusión y cada uno esperaba que fuera el otro quien diera el primer paso. Un día alguien le preguntó: «¿Cuánto tiempo llevas enfadado con él?». Respondió: «Diez años». Y le volvieron a preguntar: «¿Y cuánto tiempo llevas sufriendo por ello?». Bajó la mirada y dijo: «También diez años». A veces creemos que guardar un rencor es castigar al otro, cuando en realidad somos nosotros quienes seguimos encadenados a aquella herida.
La Palabra de Dios de este domingo toca precisamente ahí donde más nos cuesta: el perdón. Pedro se acerca a Jesús y pregunta: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Pedro cree que está siendo generoso. Siete veces ya parece muchísimo. Pero Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Jesús no está haciendo una operación matemática. Está diciendo: el perdón cristiano no puede tener un contador.
La parábola nos presenta a un hombre al que le perdonan una deuda enorme. Sin embargo, inmediatamente después, él es incapaz de perdonar una pequeña deuda a otro. Ha recibido misericordia, pero no ha aprendido a ser misericordioso. Y ahí está el centro del Evangelio: quien se sabe perdonado aprende a perdonar.
La primera lectura lo expresa con una pregunta muy fuerte: «¿Cómo puede un hombre guardar rencor y pedir la salud al Señor?». Es una contradicción. Queremos que Dios tenga paciencia con nuestras debilidades, pero a veces somos implacables con las debilidades de los demás. Quizá hoy necesitamos reconocer que hay heridas que todavía llevamos dentro. Personas cuyo nombre nos incomoda. Situaciones que seguimos recordando. Palabras que todavía nos duelen. Y quizá pensamos: «Yo perdono, pero no olvido». Es verdad: perdonar no significa olvidar. Tampoco significa justificar lo que estuvo mal ni permitir que alguien vuelva a hacernos daño. Perdonar significa dejar de vivir prisioneros de aquello que nos hicieron.
El papa Francisco, en Fratelli tutti, recuerda que el perdón no significa renunciar a nuestros derechos ni olvidar la justicia, sino romper la cadena de la venganza y abrir un camino nuevo. Y esto es muy concreto para nuestra vida. Porque el rencor ocupa mucho espacio. Nos roba energía, nos amarga conversaciones, condiciona nuestras relaciones y, algunas veces, nos impide disfrutar incluso de las cosas buenas que tenemos.
Por eso quizá hoy Jesús no nos pide que sintamos cariño por quien nos ha herido. Nos pide algo más humilde y más posible: que dejemos de alimentar la herida. Tal vez haya una persona a la que todavía no podemos abrazar, pero podemos empezar a pedir a Dios por ella. Tal vez no podamos recuperar una relación, pero podemos dejar de hablar desde el resentimiento. Tal vez todavía nos duela lo sucedido, pero podemos decir: «Señor, no sé perdonar; enséñame Tú».
Porque el perdón no siempre comienza con un sentimiento. Muchas veces comienza con una decisión.
Y al final Jesús nos recuerda algo decisivo: nosotros vivimos cada día de la misericordia de Dios. Caemos, nos equivocamos, volvemos a empezar… y Dios no lleva una cuenta de nuestras faltas.
Por eso la pregunta de hoy no es solamente: «¿A quién tengo que perdonar?». Es también: «¿Cuánto perdón he recibido yo?» Quizá cuando recordemos cuánto nos ha perdonado Dios, nos resulte un poco más fácil comenzar a perdonar a los demás.
Que esta Eucaristía nos ayude a soltar alguna carga, a cerrar alguna herida y a dar un paso hacia la libertad. Porque perdonar no cambia el pasado, pero puede cambiar nuestro futuro.
.,
Comentarios
Publicar un comentario