DOM XXIII del T.O. Ve y háblale, si de verdad le quieres



   Una vez le preguntaron a un hombre muy sabio: «¿Quién ha sido tu mejor maestro?». Y respondió: «Todos aquellos que alguna vez se atrevieron a decirme que estaba equivocado». Una respuesta difícil de aceptar; porque nos gusta que nos quieran, que nos comprendan, que nos den la razón… pero no siempre nos gusta que nos corrijan.

 

   Y precisamente de eso nos habla hoy Jesús: de la corrección; pero no de cualquier corrección, sino de una corrección que nace del amor. Jesús dice: «Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas». Fijémonos en algo importante: a solas. Jesús no dice: «Ve y cuéntaselo a los demás». No dice: «Habla de él». Dice: «Habla con él». ¡Qué diferente sería nuestra convivencia si aprendiéramos esto! Muchas heridas no nacen del problema original, sino de todo lo que hemos hablado después sobre ese problema. Jesús nos propone otro camino: hablar con la persona, no hablar de la persona. Y añade algo todavía más valioso: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Es decir, la corrección cristiana no busca ganar una discusión; busca recuperar a una persona.

 

   Pero hay una segunda cuestión, quizá más difícil: ¿sabemos dejarnos corregir? Porque todos queremos tener libertad para decirle al otro sus errores, pero cuando alguien nos señala los nuestros, inmediatamente nos defendemos: «Eso no es verdad», «tú también lo haces», «estás exagerando», «no me conoces». A veces no rechazamos una corrección porque sea falsa, sino porque nos duele que alguien haya descubierto algo de nosotros que preferíamos no mirar.

 

   La primera lectura presenta al profeta Ezequiel como un «centinela». El centinela tiene que avisar cuando ve venir el peligro. No puede quedarse callado. Pero tampoco puede obligar al otro a escuchar. Todos necesitamos algún centinela en nuestra vida: una persona que nos quiera suficientemente como para decirnos la verdad. Puede ser nuestro esposo o nuestra esposa; quizá un amigo, un hijo, un sacerdote, un hermano de comunidad o alguien que, en algún momento, nos ha dicho: «Creo que tienes que cambiar esto». Me puedo preguntar ¿a quién permito corregirme? Porque si nadie puede decirme nada, quizá no soy tan libre como creo, estoy encerrado en mi orgullo.

 

   San Pablo nos da hoy el criterio: «A nadie le debáis nada más que amor»; y amar no significa decir siempre al otro lo que quiere escuchar, a veces amar significa decirle lo que necesita escuchar. Una corrección sin amor humilla; pero un amor que nunca corrige puede convertirse en indiferencia; por eso necesitamos aprender las dos cosas: corregir con caridad y dejarnos corregir con humildad.

 

   El papa Francisco insistía muchas veces en una Iglesia que acompaña, discierne y ayuda a crecer. Y eso vale también para nuestras familias y nuestras comunidades: no se trata de tener personas perfectas, sino personas capaces de ayudarse mutuamente a volver al camino.

 

   Hoy deberíamos dar gracias a Dios por alguien que alguna vez se atrevió a corregirnos; es posible que entonces nos molestó, pero con el tiempo descubrimos que aquella palabra nos hizo bien. Y quizá también haya alguien a quien necesitamos hablarle, pero antes de hacerlo preguntémonos: «¿quiero ayudarle o quiero demostrar que tengo razón?».


Jesús nos enseña: menos hablar de los demás y más hablar con los demás; menos orgullo y más humildad; menos necesidad de tener razón y más deseo de recuperar al hermano. Y nos deja una promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 

   Pidamos hoy que el amor de Cristo esté también en nuestras conversaciones difíciles, en nuestras correcciones y en nuestras reconciliaciones.

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