DOM. XXI DEL T.O. ¿Quién dice la gente que soy Yo?

   


    Una vez preguntaron a una orquesta de músicos quién era para ellos Beethoven. Cada uno respondió de una manera diferente: unos hablaron de su profesión, otros de sus éxitos, otros de su carácter. Finalmente alguien preguntó a cada uno: —Pero, ¿quién es realmente para ti? Y entonces se hizo silencio. Porque una cosa es lo que sabemos de una persona y otra muy distinta lo que esa persona significa para nosotros.

 

   Eso mismo hace Jesús en el Evangelio de este domingo. Va caminando con sus discípulos y, de repente, les hace una pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Las respuestas son variadas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, uno de los profetas... La gente tiene opiniones sobre Jesús. Lo admira, lo respeta, reconoce que hay algo especial en Él. Pero Jesús no se queda ahí; da un paso más y pregunta directamente a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Ya no pregunta qué piensa la gente, pregunta qué lugar ocupa en su vida. Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.» Pedro no está simplemente dando una definición teológica, está haciendo una confesión de fe: Tú eres aquel en quien puedo poner mi vida.

 

  Y esta pregunta de Jesús resuena también en nuestra celebración. Podemos saber muchas cosas sobre Jesús, podemos conocer el Evangelio, haber recibido los sacramentos, haber celebrado muchas fiestas, incluso haber rezado durante años… pero Jesús hoy me pregunta: «¿Quién soy yo para ti?» ¿Soy solamente una tradición que has recibido? ¿Soy alguien a quien recurres cuando tienes problemas? ¿Soy una costumbre de los domingos? ¿O soy realmente el Señor de tu vida?

 

    La primera lectura nos presenta a Eliaquín, a quien Dios confía una responsabilidad: Le entrega la llave, una llave que es signo de autoridad y de confianza; una imagen preciosa que nos dice que Dios confía llaves. También a nosotros nos entrega llaves: la llave de una familia, de una comunidad, de una responsabilidad, de una persona que necesita nuestra ayuda. Al respecto, podemos preguntarnos si sabemos utilizar esas llaves para abrir puertas o si las utilizamos para cerrarlas. Pedro recibe también una llave: «Te daré las llaves del reino de los cielos.» Pero no recibe las llaves para dominar, sino para servir. La autoridad en la Iglesia no consiste en estar por encima de los demás, sino en abrir caminos hacia Cristo.

 

   La segunda lectura nos lleva a la admiración ante el misterio de Dios: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» Pablo reconoce que Dios siempre es más grande que nuestras ideas y nuestros cálculos. Quizá por eso no basta con responder quién es Jesús con una frase aprendida. Hay que descubrirlo en la propia vida. Pedro llegó a conocer a Jesús caminando con Él, equivocándose, cayendo, volviendo a empezar, estando junto a Él. Y nosotros también. Porque la fe no consiste solamente en saber quién es Jesús. Consiste en dejar que Jesús cambie quiénes somos nosotros. Por eso la pregunta del Evangelio es siempre vigente… No es una pregunta para Pedro, es una pregunta para cada uno de nosotros. «Y tú, ¿quién dices que soy yo?»

 

   Nuestra respuesta no puede ser perfecta, pero sí desde nuestra propia historia: Tú eres quien ha estado conmigo cuando tenía miedo; tú eres quien me ha sostenido cuando no podía más; tú eres quien me ha perdonado; tú eres quien me ha enseñado a volver a empezar; tú eres el Señor de mi vida. Ahí comienza una fe verdaderamente adulta: cuando Jesús deja de ser solamente «el Jesús del Evangelio» y se convierte en «mi Jesús, mi Señor, mi esperanza».

 

   Pedro no lo comprendió todo aquel día. Nosotros tampoco lo comprendemos todo. Pero la fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en saber en quién hemos puesto nuestra confianza.


   Por eso, al salir hoy de esta iglesia, llevemos una sola pregunta en el corazón; no la respondamos con palabras, sino con nuestra vida: «Jesús, ¿quién eres Tú para mí?» y que nuestra manera de vivir pueda dar la respuesta.

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