DOM XX del T.O. Una fe que no se rinde

Cuentan que un día un hombre llegó a la consulta de un médico muy preocupado. Después de contarle sus problemas, el médico le dijo: —«Necesita usted caminar todos los días». El hombre respondió: —«Doctor, ¿cuánto tiempo?». —«Hasta que se le pase el agobio». Aquella respuesta, sencilla y casi divertida, escondía una gran verdad: hay cosas que no se solucionan huyendo, sino caminando.
El Evangelio de este domingo nos presenta a una mujer que también tiene que caminar contra muchas dificultades. Es una mujer cananea que se acerca a Jesús y grita: «ten compasión de mí, Señor, Hijo de David». Su hija está enferma y ella no se rinde. Lo sorprendente es que Jesús, al principio, parece no escucharla, seguido, los discípulos quieren que se marche; y cuando él responde, sus palabras parecen todavía más complicadas: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Sin embargo, aquella mujer no se marcha, no se siente derrotada, responde con una humildad y una fe extraordinarias: «también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Y entonces Jesús pronuncia la frase decisiva: «Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas».
Este es el corazón del Evangelio: una fe que no se rinde. Aquella mujer no tenía títulos, no pertenecía al pueblo de Israel y aparentemente no tenía ningún derecho que reclamar; pero tenía algo más grande: confianza en Jesús.
Cuántas veces también nosotros rezamos y parece que Dios guarda silencio. Pedimos por un enfermo y no llega la respuesta que esperábamos, pedimos por un problema familiar y la situación no cambia, pedimos fuerza y seguimos sintiéndonos débiles. Y entonces aparece la tentación de pensar: «Dios no me escucha». Pero el Evangelio de hoy nos enseña que el silencio de Dios no significa ausencia de Dios. Hay oraciones que necesitan perseverancia y hay momentos en los que nuestra fe madura precisamente porque seguimos confiando aunque todavía no veamos la respuesta.
La mujer cananea nos enseña algo precioso: no abandonar a Dios cuando Dios parece guardar silencio. Y quizá esta sea hoy la pregunta que debemos hacernos: ¿Qué estoy a punto de abandonar porque todavía no he visto el resultado? Tal vez una oración, una reconciliación, una persona, una esperanza, una lucha interior. La mujer del Evangelio nos dice: sigue confiando, sigue caminando, sigue llamando a la puerta de Dios.
Pero hay algo más. Jesús termina alabando precisamente la fe de una mujer extranjera. Con ello nos recuerda que Dios mira el corazón; no pregunta primero de dónde venimos, qué posición tenemos o cuál es nuestra historia. Busca un corazón capaz de confiar. Por eso, hermanos, llevémonos hoy esta palabra: perseverancia. Cuando no entendamos, confiemos. Cuando no veamos, confiemos. Cuando nos cansemos, confiemos. Cuando parezca que Dios guarda silencio, sigamos rezando. Porque la fe verdadera no es la que nunca tiene dudas; es la que, incluso en medio de las dudas, sigue buscando a Jesús.
Que el Señor nos conceda la fe humilde, valiente y perseverante de aquella mujer cananea. Y que cuando lleguen nuestras propias tormentas podamos decir también nosotros: «Señor, ten compasión de mí. Yo sigo confiando en Ti».
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