ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA - María: del camino a la gloria
La Solemnidad de la Asunción de María nos habla de quiénes somos y hacia dónde vamos. Celebramos que María, al terminar su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. No celebramos un privilegio especial y único, celebramos también nuestro destino.
La primera lectura del Apocalipsis nos presenta una imagen maravillosa: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Es una imagen de triunfo en la lucha, pero también de esperanza. El mal intentó imponerse, pero finalmente Dios tiene la última palabra, y María es signo.
Y el Evangelio nos lleva a una escena mucho más sencilla: María entra en casa de Isabel. No es un pasaje de exaltación, ni donde ella aparece rodeada de grandeza. Aparece caminando, llevando a Jesús dentro y acercándose a quien necesita ayuda. Isabel la reconoce y exclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» Y María responde con el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor.»
María fue grande porque supo decir «sí». Sí cuando Dios le pidió algo que no comprendía, sí cuando tuvo que caminar hacia Belén, sí cuando tuvo que huir a Egipto; sí cuando acompañó a Jesús durante su vida pública; y sí, sobre todo, cuando permaneció junto a la cruz. Ella no se colocó en el centro, puso a Dios en el centro, y es por ello que este día la Iglesia la contempla en la gloria.
La Asunción nos enseña que una vida entregada a Dios nunca termina en el vacío. Y es la razón para entender que esta celebración no es una fiesta para mirar solamente hacia el cielo sin más; es una fiesta que nos invita a mirar nuestro paso por la tierra con esperanza, porque si María ha llegado a la meta, nosotros también estamos llamados; nuestra vida no termina en la muerte, nuestra historia no termina en el sepulcro, nuestro destino eterno no es la oscuridad, sino la vida exultante en Dios.
Quizá hoy alguno de nosotros esté atravesando una situación difícil, una enfermedad, una pérdida, una preocupación familiar o simplemente el cansancio de los años. María nos dice: sigue caminando, no porque el camino sea siempre fácil, sino porque Dios camina contigo. Y cuando llegue el final de nuestro camino, también nosotros esperamos escuchar la llamada de Dios a entrar en su casa. Por eso hoy podemos hacer nuestra la oración de María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor.» No porque todo haya sido fácil. Sino porque, incluso en medio de las dificultades, Dios ha estado con nosotros.
Que María, Asunta al cielo, nos enseñe a vivir con los pies en la tierra y el corazón en el cielo; a servir sin buscar reconocimiento, a confiar cuando no comprendemos y a caminar siempre con esperanza.

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