DOM XVIII T.O. "Cinco panes, dos peces... y un corazón dispuesto"


   Todos hemos escuchado alguna vez esta frase: "con lo poco que tengo, no puedo hacer gran cosa. La dice quien piensa que su ayuda es insignificante, quien cree que su tiempo no cambia nada, quien piensa que su sonrisa, su visita o su oración no sirven de mucho... y, sin embargo, el Evangelio de este domingo desmiente esa idea.

   Jesús se encuentra rodeado por una multitud; es tarde. Los discípulos hacen un cálculo muy razonable: "Despide a la gente para que vayan a comprar comida." Su propuesta parece lógica. Cada uno que resuelva su problema. Pero Jesús rompe esa lógica y responde con una frase que sigue desafiándonos hoy: "Dadles vosotros de comer." ¡Qué petición tan desconcertante! Los discípulos miran sus manos. Solo tienen cinco panes y dos peces. Es decir, casi nada. Pero Jesús no les pregunta cuánto tienen. Les pregunta si están dispuestos a compartirlo. Y ahí comienza el milagro. No empieza cuando se multiplican los panes. Empieza cuando alguien deja de aferrarse a lo poco que tiene y lo pone en manos de Jesús. Porque la generosidad siempre precede al milagro.

  La primera lectura del profeta Isaías prepara bellamente el Evangelio. Dios dice:"Todos los sedientos, venid por agua; aunque no tengáis dinero, venid." Es una invitación paternal; Dios no comercia con su amor, no vende su gracia, la ofrece gratuitamente. Toda la historia de la salvación es la historia de un Dios generoso; Él da la vida, da la lluvia, da el pan, da el perdón, da a su propio Hijo, y espera que nosotros aprendamos a vivir de la misma manera.

Vivimos, sin embargo, en una cultura que nos enseña lo contrario. Nos dice "Guarda", "acumula", "piensa primero en ti", protege lo tuyo". Jesús nos dice: "Comparte". Porque cuando el pan se guarda únicamente para uno mismo, termina endureciéndose, cuando se comparte, alimenta. 

  La generosidad no depende de la cantidad. Depende del corazón. Hay personas con muchos bienes que viven encerradas en sí mismas. Y hay personas con muy poco que siempre encuentran tiempo para escuchar, ayudar, visitar a un enfermo o consolar a quien está triste. Esas personas siguen multiplicando panes. Porque no solo existe el hambre de alimento. Existe el hambre de cariño. De escucha. De esperanza. De perdón. De compañía. Y todos podemos hacer algo para saciar esas hambres.

  Cuenta una antigua historia que un niño caminaba por la playa después de una tormenta. Miles de estrellas de mar habían quedado sobre la arena y se estaban secando al sol. El niño comenzó a devolverlas al agua, una por una. Un hombre le dijo: —No tiene sentido. Hay miles. No vas a cambiar nada. El niño tomó otra estrella, la lanzó al mar y respondió: —Para esta, sí ha cambiado todo... Eso hace la generosidad. Quizá no cambie el mundo entero, pero cambia el mundo de alguien. Y eso ya merece la pena.

  La multiplicación de los panes no es solo un relato sobre comida, es una lección sobre el Reino de Dios. Cuando cada uno aporta lo poco que tiene y lo pone en manos de Cristo, siempre hay más de lo necesario. Al final del Evangelio el autor narra algo conmovedor: "Comieron todos hasta quedar satisfechos y todavía sobraron doce cestos." Dios no da con mezquindad, Dios siempre desborda. Así actúa la generosidad de Dios, y así quiere que sea también la nuestra.

  En nuestros pueblos conocemos bien esta forma de vivir: La vecina que lleva un plato de comida al enfermo, quien abre la iglesia antes de la misa, quien dedica tiempo a limpiar el templo, quien acompaña a una persona mayor, quien comparte los frutos de su huerto, quien visita a alguien que vive solo. Son gestos sencillos. Pero en ellos continúa realizándose el milagro del Evangelio. Porque el Reino de Dios sigue creciendo gracias a personas que creen que cinco panes y dos peces, puestos en las manos de Jesús, pueden alimentar a una multitud. Preguntémonos: ¿hoy he guardado el pan solo para mí o lo he compartido con alguien?

  Que María, Madre de la generosidad, nos enseñe a poner en las manos de Jesús todo lo que somos y tenemos. Entonces descubriremos que, cuando Dios entra en nuestros pequeños gestos, siempre hay pan para todos y siempre sobra amor. Amén.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dom. III de Adviento. Gaudete, Dominus prope est

Dom. II de Cuaresma. "Escuchadle"

Dom XXIV del T.O. La Cruz