DOM XXII del T.O. Lo que no elegiste también puede transformarte
Un hombre llevaba muchos años cargando con una cruz que le parecía demasiado pesada. Un día, cansado, le pidió a Dios que se la cambiara. Dios le permitió entrar en una habitación llena de cruces y escoger otra. Probó una grande, otra pequeña, una muy ligera… Finalmente encontró una que le pareció perfecta. —Esta quiero. Y escuchó una voz: —Esa es precisamente la cruz que ya llevabas.
A veces queremos seguir a Jesús, pero sin cruz. Queremos la Pascua sin Viernes Santo, la victoria sin esfuerzo, la fe sin renuncias. Y el Evangelio de hoy nos recuerda que el camino de Jesús pasa por Jerusalén. Pedro acaba de reconocer que Jesús es el Mesías, pero cuando Jesús anuncia que tendrá que sufrir y morir, Pedro se rebela: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» él quiere a Jesús, pero todavía tiene una idea equivocada del Mesías, quiere un Cristo victorioso, fuerte, triunfador. Jesús, en cambio, le muestra que su camino será el del servicio, la entrega y el amor hasta el extremo. Por eso sus palabras son duras: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» No está rechazando a Pedro; está rechazando una manera de entender la fe que pretende apartar la cruz del camino cristiano. Y entonces Jesús nos incluye a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga», no dice: busca una cruz; las cruces llegan, una enfermedad, una pérdida, una responsabilidad, una relación difícil, una limitación, una decepción… La cuestión cristiana no es buscar el sufrimiento, sino qué hacemos con aquello que no hemos elegido.
San Pablo, en la segunda lectura, lo expresa de otra manera: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.» Es decir: nuestra fe se juega en la vida concreta, en cómo amamos, cómo perdonamos, cómo servimos, cómo afrontamos las dificultades. Y aquí está la paradoja del Evangelio: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.» El mundo nos dice: guarda, protege, asegúrate, piensa primero en ti. Jesús nos dice: entrégate, porque una vida encerrada en sí misma termina haciéndose pequeña. En cambio, una vida entregada se multiplica.
Hay personas que quizá no han hecho grandes cosas a los ojos del mundo, pero han dado su vida poco a poco: una madre cuidando, un esposo acompañando, alguien atendiendo a un enfermo, una persona perdonando, un vecino ayudando en silencio. Nadie les ha puesto una medalla, pero han entendido el Evangelio, porque tomar la cruz no significa llevar una vida triste; significa amar incluso cuando amar cuesta.
Hoy Jesús no nos pide que entendamos todas nuestras cruces. Nos pide algo más sencillo: que no caminemos solos y que no dejemos de seguirle. Pedro tuvo que aprenderlo. También nosotros.
La cruz no es el final del camino. Después de Jerusalén viene la resurrección. Por eso, cuando la vida pese, cuando no comprendamos, cuando nos preguntemos por qué, volvamos a mirar a Cristo, y recordemos sus palabras: «Toma tu cruz y sígueme.» No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque con Cristo incluso aquello que nos duele puede convertirse en camino de amor, de madurez y de esperanza.

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