DOM XIX DEL T.O. Hay tormentas que no hunden la barca; hunden la esperanza

 



 Todos hemos pasado alguna vez por una tormenta; no solo las del cielo. Hay tormentas que llegan sin lluvia: una enfermedad, la muerte de un ser querido, una crisis familiar, el miedo al futuro, la soledad, el cansancio de seguir luchando. En esos momentos, la pregunta no es:¿dónde estoy yo?, sino: ¿dónde está Dios?

 

   Eso mismo experimentan los discípulos en el Evangelio este domingo; están en medio del lago, es de noche, el viento es contrario. Reman, pero no avanzan; Jesús no está con ellos... o al menos eso creen. 


  También la Iglesia, nuestras familias y cada uno de nosotros conocemos noches en las que parece que Dios guarda silencio. Pero el Evangelio nos ofrece una clave decisiva: Jesús no evita la tormenta; entra en ella; no llega cuando el mar ya está en calma, llega cuando las olas siguen golpeando la barca; y sus primeras palabras son un auténtico programa de vida: «Ánimo, soy yo; no tengáis miedo.» No dice: "no sufriréis", no promete una vida sin dificultades, promete algo mucho más grande: su presencia. Entonces Pedro hace algo sorprendente; baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, camina, pero cuando fija los ojos en el viento y en las olas, empieza a hundirse. ¿no es esa también nuestra historia?

 

   Nos hundimos cuando miramos solo los problemas, las estadísticas, las malas noticias, los errores del pasado o los miedos del mañana, la fe no consiste en negar la tormenta; consiste en no quitar los ojos de Cristo en medio de ella.

 

  La primera lectura nos ayuda a comprenderlo. El profeta Elías busca a Dios en el huracán, en el terremoto y en el fuego, pero Dios no estaba allí... se manifiesta en el susurro de una brisa suave. Nosotros esperamos que Dios actúe con grandes milagros, pero Él, muchas veces, llega en silencio: en una palabra del Evangelio, en la Eucaristía, en la visita de un amigo, en la fortaleza inesperada para seguir adelante, en una oración hecha con lágrimas.

 

   Una pequeña historia: Un anciano marinero decía a su nieto: —No tengas miedo de las tormentas. —¿Por qué, abuelo? —Porque aprendí que el problema no es el viento que golpea la barca; el problema es el agua que entra en ella.

 

   También nosotros no podemos evitar que haya tormentas en la vida. Lo importante es no dejar que el miedo, el rencor, la desesperanza o la falta de fe entren en el corazón.

 

   ¿Qué ocupa hoy más espacio en mi vida: el tamaño de las olas o la presencia de Jesús? ... Esta semana, cuando aparezca una preocupación o un momento de angustia, antes de buscar una solución inmediata, haz una breve oración con las palabras del Evangelio: «Señor, sálvame.» Es la oración más corta de Pedro, pero también una de las más sinceras. Y Jesús respondió inmediatamente tendiéndole la mano.

 

   Que María, acompañe la barca de nuestra vida. Y que, en medio de cualquier tormenta, nunca olvidemos que el Señor no nos abandona: camina hacia nosotros, incluso sobre las aguas que más nos asustan.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dom. III de Adviento. Gaudete, Dominus prope est

Dom. II de Cuaresma. "Escuchadle"

Dom XXIV del T.O. La Cruz