DOM XIII T.O. ¿Qué lugar ocupa realmente Jesús en mi vida?
El Evangelio de este domingo forma parte del llamado "discurso misionero" de san Mateo. Jesús está enviando a sus discípulos a anunciar el Reino y no les oculta las dificultades que encontrarán. Seguir a Cristo no será siempre fácil, habrá incomprensiones, rechazos e incluso conflictos dentro de la propia familia. Por eso escuchamos unas palabras que pueden parecernos duras: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí».
Para comprender bien, hay que tener presente que, en el lenguaje semita, las expresiones son a menudo acentuadas para subrayar una idea. Jesús no está despreciando la familia —Él mismo vivió treinta años en Nazaret, amó a su Madre y defendió el valor de la familia—. Lo que quiere afirmar es que el discípulo debe poner a Dios en el primer lugar de su existencia.
Y aquí podemos hacernos una pregunta: ¿qué es lo primero en mi vida?
Porque todos tenemos una especie de "centro" alrededor del cual gira nuestra existencia. Para unos puede ser el trabajo; para otros, el dinero, el bienestar, la propia imagen, las seguridades, incluso la familia entendida de manera posesiva. Jesús nos dice hoy que solo Dios puede ocupar el centro sin esclavizarnos. Cuando Dios está en el primer lugar, no dejamos de amar a los demás; al contrario, aprendemos a amarlos mejor, con más libertad y menos egoísmo.
Jesús añade después: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí».
En tiempos de Jesús, la cruz no era un símbolo religioso; era el instrumento de ejecución. "Tomar la cruz" significaba aceptar las consecuencias de seguir a Jesús, mantenerse fiel al Evangelio incluso cuando resulta difícil. También nosotros tenemos nuestras cruces: la enfermedad, la preocupación por los hijos, la soledad, las dificultades económicas, las tensiones familiares, el cansancio, la incertidumbre ante el futuro. La diferencia está en cómo vivimos esas situaciones. Podemos vivirlas encerrados en la queja o vivirlas unidos a Cristo, sabiendo que ninguna cruz tiene la última palabra.
Y el Evangelio termina con una frase importante: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí». Para Jesús, la acogida al hermano es acogida al mismo Dios. Y concluye con una imagen llena de ternura: «El que dé de beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños no perderá su recompensa». Un vaso de agua parece algo insignificante, pero Jesús nos recuerda que, en el Reino de Dios, no hay gestos pequeños cuando se hacen con amor.
Vivimos en una sociedad marcada por el individualismo; corremos el riesgo de encerrarnos en nuestro mundo: "mis cosas", "mis problemas", "mi tiempo". Y, sin embargo, la vida cristiana se evidencia muchas veces en detalles sencillos: dedicar tiempo a escuchar, visitar a una persona sola, interesarse por un vecino enfermo, colaborar en la comunidad, ofrecer una palabra de ánimo, reconciliarse con alguien.
Una pequeña historia lo ilustra. Un maestro preguntó a sus alumnos cuándo termina la noche y comienza el día. Uno respondió: "Cuando se distingue un árbol de otro". Otro dijo: "Cuando se reconoce un animal a lo lejos". El maestro respondió: "La noche termina y comienza el día cuando, al mirar el rostro de otra persona, reconoces en ella a un hermano. Mientras eso no suceda, todavía es de noche".
Eso es lo que Jesús nos pide hoy: reconocerlo presente en los demás y vivir de tal manera que Él ocupe verdaderamente el centro de nuestra vida. Porque ser cristiano no consiste solo en creer en Jesús, sino en dejar que Él transforme nuestros criterios, nuestras prioridades y nuestra manera de relacionarnos.
Que al participar hoy en la celebración podamos preguntarnos sinceramente: ¿qué lugar ocupa Jesús en mi vida? ¿Qué tendría que cambiar para ponerlo realmente en el centro?

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