DOMINGO XVI DEL T.O. ¿Arrancamos la cizaña?


 



 Hace un tiempo, un jardinero recibió a un joven aprendiz. Mientras recorrían el jardín, el muchacho señaló unas malas hierbas que crecían entre las flores. —¿Por qué no las arrancas de una vez? —preguntó. El jardinero respondió: —Porque todavía no sé cuáles son realmente malas hierbas y cuáles son plantas que aún no han florecido… Vivimos en un mundo que juzga muy deprisa. Bastan unos segundos para etiquetar a una persona: buena o mala, amiga o enemiga, útil o inútil. Las redes sociales han convertido el juicio rápido en un deporte cotidiano. Pero Dios no actúa así.

 

   El Evangelio de hoy nos presenta una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un enemigo siembra cizaña en medio del trigo. Los criados, con muy buena intención, quieren arrancarla inmediatamente, parece lo más lógico; sin embargo, el dueño responde: "No; no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega." Humanamente cuesta entender esta respuesta. ¿Por qué tolerar el mal? Jesús, más adelante, explica la parábola. 

 

   Lo primero que consideramos es que el mal existe. Jesús no lo niega ni lo disimula; no todo lo que ocurre viene de Dios. Hay una fuerza que destruye, divide, hiere y siembra odio. Pero el centro de la parábola no es el mal. El centro es la paciencia de Dios. Nosotros queremos soluciones inmediatas, Dios quiere conversiones profundas. Nosotros clasificamos personas, Dios mira posibilidades. Nosotros solemos decir: "Este ya no cambiará", Dios sigue diciendo: "Todavía puede dar fruto." 

 

   La explicación de Jesús nos invita también a mirar nuestro propio corazón. Porque el campo no es solamente el mundo. También somos nosotros. Dentro de cada uno conviven trigo y cizaña. Generosidad... y egoísmo. Paciencia... e impaciencia. Fe... y dudas. Perdón... y resentimiento. Si Dios aplicara con nosotros el mismo rigor que nosotros aplicamos a los demás, ¿quién podría mantenerse en pie? Por eso Jesús nos enseña que el tiempo presente es el tiempo de la misericordia. No es indiferencia frente al mal. Es esperanza de que el bien pueda vencer.

 

   La primera lectura del libro de la Sabiduría lo expresa maravillosamente: "Tú, Señor, juzgas con moderación y gobiernas con gran indulgencia." Y añade algo precioso: "Con ese modo de actuar enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano." Es una gran lección. La justicia de Dios nunca está separada de la misericordia; la firmeza nunca excluye la compasión.

 

  Nosotros solemos equivocarnos cuando juzgamos demasiado pronto. Sólo Dios conoce toda la historia de una persona, sólo Él sabe las luchas invisibles, las heridas ocultas y los caminos que aún puede recorrer una vida.

 

  ¿Hay alguien a quien ya he condenado en mi interior, negándole la posibilidad de cambiar, como si yo conociera el final de su historia?... El Evangelio nos pide dejar de arrancar personas con nuestros juicios y comenzar a cultivar el trigo con nuestras obras. Porque el bien siempre crece mejor cuando alguien lo cuida. Antes de criticar, juzgar o hablar mal, hacer un momento de silencio. 


  Que el Señor, paciente y misericordioso, siga arrancando la cizaña de nuestro corazón sin destruir el trigo que Él mismo ha sembrado, para que un día podamos brillar como el sol en el Reino del Padre.

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