DOM XVII DEL T.O. Cuando encuentras el tesoro

   

  Hay una pregunta que todos nos hacemos alguna vez, aunque no siempre nos atrevamos a decirla en voz alta: ¿qué es lo más valioso de mi vida? Un empresario respondió: “Mi trabajo”; una madre dijo: “mis hijos”; un anciano contestó: “la paz del corazón”; y un joven, después de un largo silencio, dijo: “todavía no lo he descubierto”. Está es la clave del Evangelio de este domingo: la vida cambia cuando uno descubre un tesoro.

  Jesús compara el Reino de los cielos con un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo. Y añade un detalle precioso: “lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra el campo”No actúa obligado, no vende sus cosas con tristeza, no dice: “qué pena perder todo esto”. Al contrario: la alegría del hallazgo hace pequeñas las renuncias.

  Lo mismo sucede con el comerciante que encuentra una perla de gran valor. Ha visto muchas perlas en su vida, pero aquella es diferente. Y cuando la encuentra, entiende que todo lo demás puede quedar en segundo plano.

   El tesoro no es un objeto, es Cristo mismo y la vida nueva que Él ofreceMuchos piensan que la fe consiste en cumplir normas o cumplir con obligaciones. Jesús, en cambio, la presenta como el descubrimiento de algo tan valioso que merece reorganizar toda la vidaEl problema no es que Dios nos pida demasiado; mas bien es que a veces nos conformamos con tesoros pequeños: el dinero, el prestigio, el control, el reconocimiento, las seguridades… cosas que prometen mucho pero duran poco. Hay personas que han conseguido casi todo lo que deseaban y, sin embargo, siguen sintiendo un vacío. Porque el corazón humano está hecho para un tesoro mayor.

  La primera lectura nos ayuda a entenderlo. Dios le dice a Salomón: “Pídeme lo que quieras”¡Qué oportunidad! Podía pedir riqueza, poder, una vida larga o la derrota de sus enemigos. Pero pide un corazón sabio para distinguir el bien del malY Dios se alegra de esa petición. Salomón comprendió que la verdadera riqueza no es tener muchas cosas, sino saber elegir lo que realmente vale. Esa es la sabiduría del Evangelio: reconocer el tesoro cuando aparece delante de nosotros.

  La tercera parábola del Evangelio parece distinta, pero su función es completar el mensaje. La red recoge peces buenos y malos, es decir, en la Iglesia y en el mundo hay mezcla, fragilidad, procesos, personas que están creciendo y otras que se resisten al bienNo nos corresponde a nosotros hacer el juicio definitivo; nuestra tarea es seguir buscando el tesoro y ayudar a otros a descubrirlo.

  Cuenta una antigua historia que un hombre pasó años buscando oro por montañas y ríos; gastó su salud y sus fuerzas. Un día, cansado, volvió a la casa de su infancia. Al mover una piedra del patio para reparar un muro, encontró una caja enterrada por su abuelo. Dentro había monedas y una nota que decía: “El tesoro estaba donde aprendiste a amar”. El hombre comprendió entonces que había recorrido medio mundo buscando lejos lo que había tenido cerca desde el principio.

  También nosotros podemos pasar la vida buscando felicidad en muchos lugares y descubrir, quizá tarde, que el verdadero tesoro estaba en una relación con Dios, en la familia, en la comunidad, en la paz interior, en la capacidad de amar y ser amados.

  Si hoy tuviera que hacer una lista de mis verdaderos tesoros, ¿aparecería Dios entre ellos o solo ocuparía un lugar secundario en mi vida?

  Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Y cuando el corazón encuentra a Cristo, descubre que no ha perdido nada importante; al contrario, ha encontrado aquello para lo que fue creado.

Que el Señor nos conceda la alegría de reconocer el tesoro de su Reino y la valentía de ponerlo en el centro de nuestra vida. 

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