DOM XV DEL T.O. La semilla que nadie ve

  

   

   Vivimos en la cultura de los resultados inmediatos. Todo debe ser rápido, visible y exitoso. Si un proyecto no da frutos enseguida, se abandona. Si una relación exige paciencia, se rompe. Si una persona no cambia cuando esperamos, dejamos de creer en ella. Nos cuesta sembrar porque queremos cosechar al instante.

   También nos ocurre en la fe. Rezamos y esperamos soluciones inmediatas; educamos a nuestros hijos con valores, pero nos desesperamos cuando parecen tomar otros caminos; acompañamos a un enfermo, visitamos a una persona mayor o intentamos hacer el bien, y a veces nos invade la sensación de que todo es inútil. "¿De qué sirve tanto esfuerzo?", nos preguntamos. Precisamente en esta realidad resuena con fuerza el Evangelio de este domingo.

   Jesús contempla a un sembrador que sale a sembrar. Él no selecciona únicamente la tierra perfecta ni calcula obsesivamente dónde caerá cada grano, sencillamente siembra. Algunas semillas se pierden, otras encuentran obstáculos, pero otras caen en tierra buena y producen una cosecha sorprendente. La parábola no pretende enseñarnos sobre agricultura. Nos habla de Dios. Él nunca deja de sembrar su Palabra en el corazón humano. Lo hace incluso cuando ese corazón parece endurecido, distraído o lleno de preocupaciones. Dios no se cansa de confiar en nosotros, aunque nosotros nos cansemos de nosotros mismos.

   La primera lectura, del profeta Isaías, utiliza una imagen bellísima. La lluvia y la nieve bajan del cielo y no regresan sin haber fecundado la tierra. Del mismo modo, la Palabra de Dios nunca vuelve vacía. Tal vez nosotros no veamos sus efectos inmediatamente, pero Dios sí. Su Palabra siempre está trabajando, muchas veces en silencio.

   San Pablo amplía todavía más la mirada. Toda la creación, dice, espera ser renovada. Vivimos entre sufrimientos, incertidumbres y lágrimas, pero la esperanza cristiana no consiste en negar el dolor, sino en descubrir que Dios está gestando una vida nueva incluso en medio de él.

   En el hospital, esta convicción se aprende, la más de las veces junto a la cama de los enfermos. Recuerdo a un hombre ingresado desde hacía varias semanas. Apenas hablaba. Cada visita parecía igual que la anterior. Un día, después de leer juntos un breve pasaje del Evangelio, me dijo casi en un susurro: «Padre, hoy no me siento mejor, pero ya no me siento solo». Aquella frase me recordó que el Reino de Dios rara vez hace ruido. Crece despacio, como una semilla bajo tierra. Nadie la ve crecer, pero está creciendo.

  Quizá ese sea uno de los mayores desafíos para nosotros: creer en la fuerza de lo pequeño. Una palabra de ánimo, una visita, una llamada telefónica, un gesto de perdón, una oración hecha con sinceridad... Nada de eso parece cambiar el mundo de manera espectacular. Sin embargo, son las semillas con las que Dios sigue transformando la historia.

  La pregunta del Evangelio no es únicamente qué clase de tierra somos. También nos invita a preguntarnos qué clase de sembradores queremos ser. Hay quien siembra críticas, miedo o desesperanza. El discípulo de Jesús está llamado a sembrar confianza, paz, verdad y esperanza, aun cuando no llegue a contemplar la cosecha.

   Porque la fecundidad del Reino no depende solo de nuestras fuerzas. Depende, sobre todo, de la fidelidad de Dios, que continúa sembrando cada día. ¿Qué semilla de esperanza necesita recibir hoy la persona que tengo más cerca?

   Pidamos al Señor un corazón disponible para acoger su Palabra y unas manos generosas para seguir sembrándola. Quizá no veamos todos los frutos, pero el Evangelio nos asegura que ninguna semilla sembrada con amor se pierde.

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