Dom XII del T.O. No tengáis miedo, valéis mucho a los ojos De Dios.

 

  Si hay una palabra que atraviesa las lecturas de este domingo y que llega directamente a nuestra vida, es una frase muy sencilla, pero necesaria: “No tengáis miedo.” Jesús la repite varias veces en el Evangelio, y no es casualidad; porque el miedo forma parte de la experiencia humana. Todos, en algún momento, hemos sentido miedo. Miedo por la salud, por la familia, por el futuro de los hijos o de los nietos. Miedo cuando llega una enfermedad, cuando falta el trabajo, cuando se atraviesa una dificultad económica, cuando se pierde a un ser querido o cuando simplemente no sabemos qué nos espera mañana. También existe otro miedo más silencioso: el miedo a sentirse solo, a no ser comprendido, a pensar que ya no podemos más. Por eso las palabras de Jesús no son una frase bonita para escuchar en la iglesia. Son una palabra que quiere entrar en nuestra vida concreta.

 

  La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías; y Jeremías no era un hombre sin problemas, todo lo contrario, había sido criticado, perseguido y rechazado por anunciar la palabra de Dios. Escucha amenazas, siente la presión de quienes desean verlo fracasar. Sin embargo, en medio de todo ello hace una afirmación sorprendente: “El Señor está conmigo como fuerte soldado.” No dice que no tenga dificultades; lo que dice es que las dificultades no tienen la última palabra porque Dios está a su lado. Y eso es precisamente lo que Jesús quiere enseñar a sus discípulos. El Señor sabe que la vida no será fácil. Nunca prometió una existencia sin cruces ni problemas. Lo que promete es algo mucho más grande: su presencia. Por eso utiliza una imagen muy hermosa: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.” No es simplemente que Dios nos conoce, significa que le importamos; que nuestra vida tiene valor para Él; que ninguna preocupación, ninguna lágrima, ninguna noche de sufrimiento pasa desapercibida ante sus ojos. Qué alentador es recordar esto, porque a veces podemos tener la sensación de que Dios está lejos, especialmente cuando atravesamos momentos difíciles.

 

  Es la experiencia vivida muchas veces en las personas que se encuentran en el hospital. Hay enfermos que viven con incertidumbre, familias que esperan noticias, personas mayores que sienten el peso de la fragilidad. Un caso especial fue el de un hombre que antes de una intervención dijo al capellán: “padre, tengo miedo de lo que pueda pasar.”

 

  Este no intentó convencerlo de que no tuviera miedo. Porque el miedo forma parte de nuestra humanidad. Lo que le preguntó fue: “¿Crees que Dios está contigo?” Después de unos segundos respondió: “Sí, eso sí.” Y ahí estaba la diferencia.

 

  La fe no elimina automáticamente los problemas; La fe no evita las lágrimas ni las preocupaciones; pero nos ayuda a vivirlas de otra manera. El cristiano no es quien nunca tiene miedo. El cristiano es quien, aun teniendo miedo, sigue caminando porque sabe que Dios no lo abandona.

 

  La segunda lectura nos recuerda precisamente que el amor de Cristo es más fuerte que el pecado, más fuerte que nuestras debilidades y más fuerte que todo aquello que nos hace sentir derrotados. Y esa es la gran noticia del Evangelio: no estamos solos. Dios camina con nosotros cuando las cosas van bien y también cuando el camino se vuelve difícil.

 

  Quizá el problema no es que tengamos miedos, todos los tenemos. La cuestión es quién ocupa el centro de nuestra vida: ¿el miedo o la confianza? Porque cuando dejamos que el miedo dirija nuestras decisiones, terminamos encerrándonos, dejamos de esperar, dejamos de confiar y dejamos de mirar hacia adelante. Pero cuando ponemos nuestra vida en las manos de Dios, descubrimos una fuerza que no nace de nosotros mismos.

 

  Hoy el Señor nos invita a hacer un ejercicio muy sencillo. Pensar por un momento: ¿Qué es lo que más me preocupa en este momento? ¿Qué carga llevo en el corazón? ¿Qué situación me produce incertidumbre? Y después presentarla al Señor. No para que desaparezca mágicamente, sino para dejar que Él la sostenga con nosotros. Porque la fe no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en saber en quién hemos puesto nuestra confianza.

 

  Un compromiso concreto para esta semana puede ser: no alimentar continuamente los miedos y preocupaciones; orar cada día con una frase sencilla: “Señor, en Ti confío.” Y acercarnos a alguna persona que esté pasando por un momento difícil para transmitirle ánimo y esperanza. Porque muchas veces Dios vence los miedos a través de la cercanía de otros.

 

  Que María, que permaneció firme incluso al pie de la cruz, nos enseñe a confiar cuando no entendemos los caminos de Dios. Y que las palabras de Jesús resuenen durante toda esta semana en nuestro corazón: “No tengáis miedo.”

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