SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS El Espíritu que transforma el corazón y renueva la vida


  Hay casas donde todo está cerrado: ventanas cerradas, puertas cerradas, silencio, oscuridad, aire detenido. Y basta que alguien abra una ventana para que entre el aire, la luz y la vida vuelva a moverse. Algo parecido les ocurrió a los discípulos. Después de la muerte de Jesús estaban encerrados, con miedo, desanimados, paralizados. Habían perdido la fuerza, la alegría y hasta la esperanza. Y entonces llega Pentecostés, llega el Espíritu Santo.

 

  Y aquellos hombres que tenían miedo… salen. Los que estaban encerrados… anuncian; los que estaban tristes… recuperan la alegría; los que se sentían débiles… se convierten en testigos. Porque cuando el Espíritu de Dios entra en una vida, algo empieza a cambiar.

 

  La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, describe este momento con imágenes muy fuertes: viento, fuego, movimiento; y no es casual, porque el Espíritu Santo no viene a dejar las cosas igual, viene a despertar, a renovar, a dar vida. Y lo mejor, es que cada uno escuchaba el mensaje “en su propia lengua”. Es decir, para nosotros: el Espíritu une, acerca, hace posible el encuentro.

 

  Vivimos tiempos donde muchas veces cuesta entenderse: en las familias, en la sociedad, en la Iglesia incluso. Y Pentecostés nos recuerda que cuando dejamos actuar al Espíritu, aprendemos nuevamente a escucharnos y a caminar juntos.

 

  San Pablo, en la segunda lectura, nos dice que hay muchos dones, pero un mismo Espíritu. Cada persona tiene algo que aportar. Nadie sobra en la comunidad cristiana.

 

  El Evangelio nos muestra a Jesús resucitado entrando en medio de los discípulos y diciendo: “Paz a vosotros.” Luego sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo. Ese gesto tiene una gran profundidad. En la Biblia, el aliento es signo de vida, como en la creación, cuando Dios sopla sobre el hombre su aliento “Ruah”; es decir, Jesús vuelve a dar vida nueva a sus discípulos.

 

  Pentecostés no es solo una fiesta del pasado. Es una experiencia que necesitamos hoy. Porque también nosotros, muchas veces, vivimos encerrados: encerrados en el miedo, en el cansancio, en la rutina, en la tristeza, en el resentimiento. Y el Espíritu Santo sigue queriendo abrir puertas dentro de nosotros.

 

   Hay una pequeña fábula que lo explica muy bien. Dicen que un carbón encendido cayó fuera del fuego. Al principio seguía rojo y caliente, pero poco a poco fue apagándose hasta quedar frío y oscuro. Entonces alguien lo volvió a poner junto a las brasas encendidas… y recuperó nuevamente el calor y la luz. Así pasa también con nuestra fe. Cuando nos alejamos de Dios, de la oración, de la comunidad, poco a poco el corazón se enfría. Perdemos ilusión, esperanza, fuerza interior. Pero cuando volvemos a acercarnos al fuego del Espíritu, la vida vuelve a encenderse.

 

   Hoy puede ser el momento para preguntarnos con sinceridad: ¿Qué puertas tengo cerradas dentro de mí? ¿Qué necesita renovar hoy el Espíritu Santo en mi vida? ¿Soy alguien que transmite paz, esperanza y unidad… o más bien desánimo y división? 

 

   Pentecostés nos recuerda que no estamos solos. Dios sigue derramando su Espíritu sobre su pueblo. Y el Espíritu sigue actuando: en quien perdona, en quien acompaña, en quien vuelve a empezar, en quien no pierde la esperanza, en quien sirve en silencio.

 

   El compromiso de esta semana puede ser sencillo: Invocar al Espíritu Santo y pedirle que abra aquello que tenemos cerrado por dentro para ser instrumentos de paz y de unidad allí donde vivimos. Porque cuando el Espíritu entra de verdad… la vida cambia.

 

   Que el Espíritu Santo renueve hoy nuestros corazones, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra Iglesia. Y que nunca nos acostumbremos a vivir una fe sin fuego interior.

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