DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA. Caminar juntos
Imaginemos por un momento aquella escena: una casa cerrada, las puertas atrancadas, el miedo en el ambiente, la tristeza, el silencio pesado… y, de repente, Jesús en medio... Solo dice: “Paz a vosotros.”
Celebramos el II Domingo de Pascua, también llamado Domingo de la Divina Misericordia. La liturgia nos muestra una Iglesia que nace de la Resurrección y aprende a caminar unida. No nace de la seguridad, sino del miedo trasformado por la presencia de Cristo.
En la primera lectura, vemos una comunidad unida, que comparte, que ora, que vive en comunión. No porque su deseo sea mostrarse perfectos, sino porque Cristo resucitado está en medio de ellos.
En la segunda lectura, san Pedro habla de una esperanza viva, una fe que no depende de ver, sino de confiar.
El Evangelio nos presenta tres momentos muy claros. Primero, los discípulos encerrados. Representan nuestras propias situaciones: cuando el miedo nos paraliza, cuando cerramos el corazón, cuando preferimos no arriesgar. Segundo, Jesús que entra y ofrece la paz. No viene a juzgar, sino a reconstruir. Sopla sobre ellos, les da su Espíritu, los envía. Donde había miedo, pone misión. Y tercero, Tomás. No estaba. Llega tarde. Duda, quiere ver, tocar. Y, sin embargo, Jesús no lo rechaza. Sale a su encuentro. Y Tomás pasa de la duda a la fe más profunda: “Señor mío y Dios mío.”
Al interiorizar el Evangelio nos damos cuenta que es profundamente humano. No idealiza a los discípulos. Nos muestra que la fe convive con el miedo, con la duda, con la fragilidad. Y eso nos consuela. Porque a veces pensamos que creer es no dudar nunca. Pero Tomás nos enseña que la duda también puede ser camino, si no nos cerramos.
Una pequeña anécdota. un grupo de personas caminaba de noche con una lámpara. Uno de ellos decía: “No confío en esta luz, es muy pequeña.” Y se quedó atrás esperando una luz más grande. Pero la pequeña lámpara iluminaba lo suficiente para dar el siguiente paso. Los que avanzaron llegaron al destino. El que esperó… se quedó en la oscuridad. La fe es así: no siempre lo ilumina todo, pero nos permite dar el siguiente paso.
Hay un detalle clave en este tiempo donde nos resuena tanto la sinodalidad: Tomás no estaba con la comunidad… y por eso no se encuentra con Jesús. Solo cuando vuelve, cuando se reúne con los otros, puede hacer experiencia del Resucitado.
Esto es profundamente sinodal: la fe se vive caminando juntos. No aislados. No cada uno por su cuenta. Necesitamos de la comunidad para sostenernos, para compartir la fe, para crecer. Incluso para atravesar nuestras dudas.
La Iglesia no es un grupo de hombres y mujeres perfectos, sino de personas que caminan juntas, con sus luces y sombras, buscando al Señor.
Podemos preguntarnos: ¿Cuáles son mis puertas cerradas? ¿Qué miedos me impiden abrirme a Dios o a los demás? ¿Estoy caminando en comunidad o me estoy aislando?
Esta semana podemos hacer algo sencillo pero muy concreto: acercarnos a alguien, compartir un momento de fe, una conversación sincera, una oración juntos. Y también dar un paso de confianza, aunque no tengamos todo claro. Como Tomás.
Jesús sigue entrando hoy en nuestras vidas cerradas. No viene a reprochar, viene a decir: “Paz a vosotros”. Si nos dejamos encontrar, si caminamos juntos, si damos pequeños pasos de fe… también nosotros podremos hacer nuestra la confesión de Tomás: “Señor mío y Dios mío.”

Comentarios
Publicar un comentario