DOM V DE PASCUA - No es sólo empezar, sino permanecer



  Hay algo que todos hemos experimentado alguna vez: empezar con entusiasmo… y no saber sostenerlo. Nos ilusionamos, nos comprometemos, ponemos ganas… pero luego llegan las dificultades, el cansancio, las dudas… y cuesta mantenerse, cuesta permanecer. Y sin embargo, si algo necesita la vida —y especialmente la fe— no es solo empezar, sino permanecer.

 

  La Palabra de Dios de hoy va toda en esa dirección, con la misma idea de fondo: mantenerse firmes, no soltarse, seguir en pie.

 

  En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos una comunidad que crece, pero que también tiene dificultades. Surgen tensiones, problemas concretos en la atención a las viudas, y buscan soluciones, se organizan, confían en el Espíritu. Permanecen en la fe y en la misión.

 

  La antífona del salmo que repetimos dice: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.” Es la oración de quien sabe que necesita apoyarse en Dios para mantenerse firme. No se trata de confiar en las propias fuerzas, sino de dejarse sostener.

 

  Y la segunda lectura, de la primera carta de Pedro, nos ha recordado algo muy hermoso: somos “piedras vivas” que formamos un edificio espiritual. Es decir, nuestra fe no es algo aislado. Permanecemos unidos, sostenidos unos por otros, edificados sobre Cristo, que es la piedra angular.

 

  El Evangelio narra que Jesús está en la Última Cena. Sabe que sus discípulos van a vivir momentos muy duros. Sabe que vendrán la cruz, el miedo, la dispersión. Y por eso les dice: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.” No les promete que todo irá bien. Les pide algo más profundo: que permanezcan en Él. Luego, ante la inquietud de Tomás responde con una de las frases más profundas del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” No dice “os enseño un camino”, dice: “Yo soy el camino.” No dice “os explico la verdad”, dice: “Yo soy la verdad.” No dice “os daré vida”, dice: “Yo soy la vida.”

 

   La fe no es solo seguir unas ideas o cumplir unas normas. Es permanecer unidos a una persona, a Cristo. Y aquí es donde la Palabra se vuelve luz para nosotros. Porque también vivimos momentos en los que el corazón se turba: cuando hay problemas en la familia, cuando la salud se resiente, cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando la fe se enfría o se vuelve rutina. Y entonces surge la tentación de soltarse, de vivir de manera superficial, de ir tirando.

 

   Pero hoy el Señor nos dice: no te sueltes, permanece en mí. Permanecer no es algo espectacular, ni hacer grandes cosas. Es algo mucho más sencillo pero más exigente: seguir confiando cuando no entiendo, seguir rezando cuando no tengo ganas, seguir creyendo cuando hay dudas, seguir caminando aunque cueste.

 

  En un hospital una mujer que llevaba mucho tiempo enferma. Su situación era complicada, y humanamente tenía motivos para venirse abajo. Pero había en ella una paz que llamaba la atención. Un día el capellán le preguntó: “¿Cómo haces para estar así?” Y le respondió con una sencillez impresionante: “Padre… yo me agarro al Señor… y no lo suelto.” No hablaba de entenderlo todo, ni hablaba de no sufrir. Hablaba de permanecer. Esa entrega es lo que le Señor acoge.

 

  Preguntémonos: ¿Dónde estoy apoyando mi vida? ¿En cosas que pasan… o en Cristo que permanece? ¿Mi fe depende de cómo me siento… o tiene raíces más profundas? ¿Estoy cultivando esa relación con el Señor… o la estoy dejando enfriar?

 

  Porque el riesgo no es perder la fe de golpe… el riesgo es ir desconectándonos poco a poco. Por eso, el compromiso hoy puede ser muy concreto: buscar cada día un pequeño momento de oración, aunque sea sencillo, cuidar la Eucaristía como lugar de encuentro con Cristo, no soltarnos en los momentos difíciles, y apoyarnos unos a otros, como comunidad, como esas “piedras vivas” de las que hablaba la segunda lectura. Porque al final, lo que sostiene la vida no es lo que pasa… sino en quién permanecemos. 

 

Que el Señor nos conceda un corazón fiel, capaz de mantenerse, de confiar… y de no soltarse nunca de Él.

 

 

 

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