DOM III DE PASCUA - Cuando Cristo acompaña, la vida vuelve a empezar

  

  Hay momentos en la vida en los que uno siente que todo se ha venido abajo. Momentos en los que las expectativas se rompen, los sueños se apagan y el corazón se llena de preguntas sin respuesta. Y entonces, casi sin darnos cuenta, hacemos lo mismo que los discípulos de Emaús: nos alejamosSe iban de Jerusalén. Se alejaban del lugar donde todo había sucedido. Se alejaban de la comunidad. Se alejaban también, en el fondo, de la esperanza. Iban caminando… pero por dentro estaban paralizados. Hablaban… pero lo que llevaban era tristeza. En este contexto aparece una de las palabras clave para nosotros: acompañamiento.

  Las lecturas en este día iluminan este acompañamiento. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro anuncia con fuerza que Jesús, el crucificado, ha resucitado, y que la muerte no ha tenido la última palabra. El salmo nos invita a vivir en la confianza: “Señor, me enseñarás el sendero de la vida”. Y la primera carta de Pedro nos recuerda que hemos sido rescatados no con cosas pasajeras, sino con la sangre de Cristo, y que nuestra fe y nuestra esperanza están puestas en Dios. Todo nos conduce a lo mismo: Dios está vivo y camina con su pueblo.

  El pasaje de Lucas narra ese hermoso texto tan pascual de los discípulos de Emaús que dijimos al inicio. El autor, nos deja ver que Jesús resucitado no irrumpe imponiéndose, no da un discurso desde lejos. Se acerca, se pone a caminar con ellos, se hace compañero de camino. Escucha, pregunta, deja que hablen, que desahoguen su frustración.

  Qué importante es esto: Dios acompaña antes de explicar; antes de dar respuestas, escucha; antes de corregir, camina al lado. Los discípulos no lo reconocen, y esto es muy humano porque aun estaban sus expectativas, las suyas. Muchas veces el Señor está a nuestro lado… y no lo vemos. Porque vamos tristes, cerrados, centrados en lo que ha salido mal; en lo nuestro

  Jesús entonces les explica las Escrituras. Les ayuda a releer su historia. No cambia los hechos… cambia la mirada. Les enseña que incluso el sufrimiento tiene un sentido cuando se mira desde Dios.

  Y poco a poco, sin darse cuenta, algo empieza a arder dentro de ellos. Más tarde dirán: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” Ese es el fruto del verdadero acompañamiento: no es imponer, no es dirigir desde arriba… es ayudar a que el corazón vuelva a encenderse. 

Llegan a la casa, parece que todo termina ahí. Pero entonces ocurre algo decisivo: le invitan a entrar, y lo reconocen al partir el pan. En ese gesto sencillo, cotidiano, descubren que es Él. Y en ese momento todo cambia. Los que iban huyendo… ahora regresan. Los que estaban desanimados… ahora anuncian. Los que caminaban solos… vuelven a la comunidad. Porque cuando uno se siente acompañado de verdad… recupera la vida.

 Este Evangelio toca toda nuestra vida de creyentes. Porque todos, en algún momento, hemos pasado por el camino de Emaús: hemos sentido decepción, hemos perdido la ilusión, hemos pensado que Dios no estaba, hemos tenido ganas de alejarnos.

 También nosotros necesitamos acompañamiento. No solo soluciones ni consejos, necesitamos alguien que camine a nuestro lado, que escuche sin juzgar, que nos ayude a ver con otros ojos. Como  también estamos llamados también a ser ese acompañamiento para otros.

  Un pequeño testimonio que vivido en el hospital que puede ayudar. Acompañaba a un hombre ingresado desde hacía semanas. Estaba cansado, enfadado con la vida, con miedo. Al principio apenas hablaba. Solo decía: “¿Para qué todo esto?”; él no necesitaba en el momento grandes discursos. Así que simplemente me sentaba a su lado. En silencio muchas veces. O escuchando lo quisiera decir.  Un día, después de un rato largo sin decir nada, me dijo: “Padre… gracias por venir… porque aquí uno se siente muy solo.” No resolvimos su enfermedad, no hubo respuestas sin mas.  Pero algo había cambiado: ya no se sentía soloY poco a poco, empezó a abrirse, a rezar, a reconciliarse con su historia. No porque yo hiciera algo especial… sino porque alguien había caminado con él.

  Eso es lo que hace Jesús en Emaús. Eso es lo que sigue haciendo hoy. Y eso es a lo que nos envía.

  Por eso, hoy podemos preguntarnos: ¿En qué momento de Emaús estoy yo ahora mismo? ¿Estoy huyendo, desanimado, con el corazón apagado? ¿Reconozco a Jesús que camina a mi lado? ¿Me dejo acompañar… o voy siempre solo? ¿A quién me está pidiendo el Señor que acompañe?

Os invito a  que intentemos llevar adelante este compromiso muy concreto: 

  • buscar un momento de oración, escuchar su Palabra, reconocerlo en la Eucaristía. 
  • Acompañar a alguien esta semana: una llamada, una visita, un rato de escucha sincera. 
  • No pasar de largo ante quien sél que puede estar triste, solo o desanimado.

Porque el mundo no necesita solo respuestas rápidas… necesita corazones que acompañen.

  Que el Señor nos conceda reconocerlo en el camino, sentir arder el corazón… y convertirnos, como los discípulos de Emaús, en testigos de que, cuando Cristo acompaña, la vida vuelve a empezar.

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