VIERNES SANTO. Entrega su vida por amor.
Es Viernes Santo, el día en que la Iglesia se detiene en silencio ante el misterio más profundo de nuestra fe: la pasión y muerte del Señor. No celebramos la Eucaristía, porque toda nuestra atención se centra en la cruz. Hoy solo hay una Palabra que lo dice todo: Jesús entrega su vida por amor.
El Evangelio de la Pasión según san Juan nos presenta a un Jesús que no es arrastrado por los acontecimientos, sino que camina libremente hacia la cruz. Desde el inicio del relato, cuando le preguntan “¿A quién buscan?”, y Él responde “Yo soy”, se manifiesta como Señor incluso en el momento de su entrega.
1. La cruz como glorificación
San Juan presenta la pasión no solo como sufrimiento, sino como glorificación. Para nosotros, la cruz puede parecer fracaso, derrota, oscuridad. Pero en el Evangelio, es el momento en que Jesús revela plenamente quién es Dios: amor que se entrega hasta el extremo. Cuando Jesús dice “Todo está cumplido”, no es un grito de derrota, sino de plenitud. Ha llevado hasta el final la misión que el Padre le encomendó.
Y hay otro detalle profundamente significativo: del costado de Cristo brotan sangre y agua. La tradición de la Iglesia ha visto en esto el nacimiento de los sacramentos, el nacimiento mismo de la Iglesia. Es decir, de la entrega de Cristo nace vida.
2. La cruz frente a nuestras expectativas
Muchas veces esperamos un Dios distinto de Jesús. Queremos un Dios que resuelva, que intervenga con poder, que evite el sufrimiento. Pero el Viernes Santo nos muestra un Dios que no elimina la cruz desde fuera, sino que la asume desde dentro. Jesús no baja de la cruz. No responde a las provocaciones. No demuestra su poder como el mundo lo entiende. Y, sin embargo, ahí está su verdadera fuerza.
3. Nuestras cruces a la luz de la cruz de Cristo
Cuando miramos nuestra vida, todos tenemos cruces. Algunas visibles, otras ocultas. Enfermedad, pérdidas, conflictos, cansancio interior, heridas que no terminan de cerrar.
La cruz de Cristo no elimina automáticamente nuestras cruces, pero les da sentido. Ya no son absurdas. Se convierten en lugar de encuentro con Él.
Una mujer que perdió a su hijo decía: “Durante mucho tiempo miraba la cruz y no entendía nada. Pero un día, en silencio, sentí que no estaba sola en mi dolor. Que alguien lo había vivido antes que yo.” Esa verdad no eliminó su tristeza, pero la transformó. Ya no era un dolor vacío. Era un dolor acompañado. Eso es lo que hace Cristo: no siempre cambia la situación, pero cambia la forma de vivirla.
Nuestras actitudes ante la Cruz
El Evangelio también nos muestra distintas actitudes ante Jesús:
- Pilato, que duda pero no se compromete.
- Los soldados, que ejecutan sin pensar.
- La multitud, que observa desde fuera.
- Y, en contraste, María y el discípulo amado, que permanecen al pie de la cruz.
Hay un momento profundamente hermoso: Jesús dice a su madre “Ahí tienes a tu hijo” y al discípulo “Ahí tienes a tu madre”. En ese instante nace una nueva relación, una nueva familia. La Iglesia nace en la cruz. Nace del amor entregado. Nace del cuidado mutuo.
Por eso, el Viernes Santo también es una llamada a vivir como comunidad, a sostenernos, a no dejar a nadie solo en su dolor.
Este día está marcado por el silencio. Pero no es un silencio vacío. Es un silencio lleno de sentido, de espera, de esperanza. Porque sabemos que la cruz no es el final. Aunque el sepulcro se cierre, la historia no termina ahí.
Acerquémonos hoy a la cruz con humildad. No para entenderlo todo, sino para dejarnos amar. Pongamos en ella nuestras cruces, nuestras preguntas, nuestros miedos. Y escuchemos, en lo profundo del corazón, lo que Cristo nos dice desde el silencio de la cruz: “Estoy contigo. No estás solo. Mi amor es más fuerte que todo.”

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