Domingo de Ramos: El Rey que no responde a nuestras expectativas

   

  

  Comenzamos la Semana Santa con una escena llena de contraste. Hemos salido con ramos en las manos, hemos cantado, hemos proclamado: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Rey!” Pero hemos escuchado el relato de la Pasión. Y los mismos labios que gritaban “Hosanna” se transformarán en un clamor oscuro: “¡Crucifícalo!”.

  El Domingo de Ramos no es solo una procesión alegre; es una puerta que nos introduce en el misterio más profundo de nuestra fe.

  Jesús entra en Jerusalén montado en un borrico, en un animal sencillo, signo de humildad y de paz. La multitud lo aclama como rey. Y lo es. Pero no según los esquemas del poder humano. La palabra “Rey” puede sugerir dominio, fuerza, triunfo visible. Sin embargo, el reinado de Cristo se manifestará de una forma desconcertante: desde la cruz.

  En la Pasión según san Mateo, el aparece el título “Este es Jesús, el Rey de los judíos”. Lo dicen para humillarlo. Pero están proclamando una verdad más profunda: Él es Rey… pero su trono será la cruz. Su corona será de espinas. Su cetro, una caña frágil. Y, aun así, su autoridad no se desmorona. Porque su poder no es el de imponer, sino el de amar hasta el extremo.

  La misma ciudad que lo recibe con palmas lo entregará pocos días después. Este contraste no es solo histórico; es espiritual. También nosotros podemos pasar con facilidad del entusiasmo al olvido, de la aclamación a la indiferencia.

  Hoy lo bendecimos. Pero, ¿Qué ocurre cuando su camino no coincide con nuestros planes? ¿Cuando el Rey no resuelve inmediatamente nuestros problemas? ¿Cuando el seguimiento implica cruz?

  El relato de la Pasión nos muestra la soledad de Cristo: traicionado por un amigo, negado por Pedro, abandonado por muchos. Y, sin embargo, no responde con violencia. Permanece fiel. Su reinado se manifiesta en la obediencia al Padre y en la entrega total.

  Es fácil bendecir al Rey cuando entra entre aplausos. Es más difícil bendecirlo cuando cae bajo el peso de la cruz. Y, sin embargo, es el mismo. El que entra aclamado es el que será crucificado. El que es llamado Rey en la procesión es el que muere perdonando: “Padre, perdónalos”.

Aquí se revela el verdadero rostro de Dios: un Rey que no salva bajando de la cruz, sino permaneciendo en ella.

  Este Domingo de Ramos nos invita a preguntarnos: ¿De qué manera reconozco a Cristo como Rey en mi vida? ¿Solo cuando todo va bien? ¿O también cuando el camino se vuelve exigente?

  Hace un año, en el hospital, una persona enferma sostenía un pequeño ramo bendecido. No podía moverse mucho, no podía ir a la iglesia, pero en su mirada había una paz que hablaba más fuerte que cualquier palabra.

  Mientras afuera recordábamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, ahí, en ese cuarto sencillo, Jesús también entró; porque Él entra en nuestros dolores, en nuestras fragilidades, en nuestras camas de hospital. No llega con aplausos, sino con consuelo, con silencio y con amor. Ese enfermo no podía levantar los brazos para aclamar, pero lo hacía con el corazón. Y me enseñó que seguir a Jesús no es solo acompañarlo en los momentos de gloria, sino también confiar en Él en medio del sufrimiento.

  Tal vez esta Semana Santa podamos hacer un gesto concreto: acompañarlo. No quedarnos solo en la procesión exterior, sino entrar interiormente en su Pasión. Leer cada día un fragmento del relato, guardar un momento de silencio, reconciliarnos con alguien, acercarnos al sacramento del perdón.

  Porque bendecir al Rey no es solo agitar un ramo. Es aceptar su estilo de reinado. Es dejar que Él gobierne nuestro corazón con la ley del amor, del perdón y de la entrega.

  Hoy proclamamos con fe: “Bendito el Rey.” Que no sea una aclamación pasajera. Que sea una decisión. Que esta Semana Santa no nos encuentre como espectadores, sino como discípulos.

  Y que cuando contemplemos la cruz podamos reconocer, con humildad y esperanza: Ese es nuestro Rey. Y su trono es el amor que no se rinde.

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