Dom XXV del T.O. La verdadera riqueza
El Evangelio de este domingo nos habla de un administrador deshonesto que derrocha, se apropia y se enriquece con lo que se le ha confiado, en lugar de actuar como un buen hombre atento a las necesidades de los más necesitados. Este administrador deshonesto y tramposo, descubierto y amenazado con el despido, planea una última estafa para asegurar su futuro.
Jesús, con esta narración, condena la deshonestidad de este administrador, pero también quiere darnos una lección sobre la prontitud de espíritu. Él comenta: «Los hijos de este mundo, …, son más astutos con sus semejantes que los hijos de la luz». El mensaje es claro. Parece decir: ¡Miren qué rápidos, egoístas y capaces son los hombres en sus asuntos materiales, incluso deshonestos! ¡Y, sin embargo, qué lentos e ineficaces son en asuntos que conciernen al alma, la vida espiritual y la fe!
Utiliza esta historia para enseñarnos cómo debemos ser sabios y prudentes en el uso de los recursos que Dios nos ha confiado. No se trata solo de bienes materiales, sino de nuestro tiempo, talentos y oportunidades. Nos invita a preguntarnos: ¿cómo estamos usando lo que hemos recibido?
Permitidme compartir una historia de alguien que conocí, la historia de Ana, una mujer que vivía en un pequeño pueblo. Ana trabajaba en una tienda de comestibles, ganando lo suficiente para mantener a su familia, pero no mucho más. A pesar de sus limitaciones económicas, siempre sonreía y estaba dispuesta a ayudar a quienes la rodeaban.
Un día, Ana escuchó sobre una familia en su comunidad que había perdido su hogar debido a un incendio. Sin pensarlo dos veces, decidió hacer algo al respecto. Comenzó a organizar una recolecta de fondos y alimentos. Se acercó a sus vecinos y les pidió que contribuyeran, explicando cómo esta familia necesitaba apoyo urgente.
Al principio, algunos dudaron de su iniciativa, otros le cerraron la puerta, otros pensaron que era un esfuerzo que no le correspondía. Pero Ana no se desanimó. Con su iniciativa y cariño, logró reunir no solo alimentos, sino también ropa y apoyo emocional para la familia afectada. Lo que empezó como un pequeño gesto se convirtió en un movimiento comunitario, donde la mayoría se unieron para ayudar.
Cuando la familia recibió el apoyo, sus rostros se llenaron de gratitud. Ana, a pesar de no tener grandes riquezas, había administrado lo que tenía —su tiempo, su corazón y su energía— de una manera que transformó vidas.
La historia de Ana nos recuerda que, al igual que el administrador astuto, cada uno de nosotros es llamado a ser un administrador creativo. Jesús nos dice que no podemos servir a dos señores y que la verdadera riqueza se encuentra en el amor y el servicio a los demás. Las riquezas y bienes materiales son perecederos; lo que realmente cuenta son nuestras acciones y cómo impactamos la vida de los demás.
Al salir de aquí hoy, os invito a reflexionar sobre cómo estáis administrando los recursos que Dios os ha entregado. ¿estáis utilizando vuestro tiempo y talentos al servicio del bien de los demás? ¿O os preocupáis más por las riquezas pasajeras? Que el ejemplo de Ana nos inspire a ser generosos y a actuar con sabiduría.
Que el Señor nos conceda la gracia de ser buenos administradores de su amor y sus bendiciones, y que siempre elijamos servirle a Él por encima de cualquier riqueza terrenal.

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