DOM. SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI - Acoger, compartir y dar
Celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Al meditar sobre ella, podemos considerar dos aspectos.
El primero es nutrirnos de Jesús. Esta situación tiene algo extraordinario que decirnos: Jesús no viene a pedirnos nada, sino que se entrega, se entrega hasta el punto de darnos su Cuerpo como alimento y su Sangre como bebida. Se hace alimento para que podamos saciar nuestra sed de eternidad. Derramó su sangre para la remisión de nuestros pecados. Está a nuestra completa disposición para formar parte de nuestra vida. Pero, a pesar de todas las misas a las que hemos asistido, nos cuesta creer en un Dios tan accesible. Cuando celebramos la Eucaristía se proclama: comed mi Cuerpo, bebed mi Sangre... estas palabras transforman un signo visible en una realidad de salvación, Cristo se hace don y gracia. Hay personas que no se acercan a la Eucaristía porque no se sienten dignas, pero si por un lado este pensamiento es una cuidadosa consciencia, por otro revela una incapacidad para aceptar un don. ¿Cuándo seremos dignos de recibir a nuestro Señor? ¿Acaso no decimos también durante la misa, antes de acercarnos a la Eucaristía: «Señor, no soy digno de participar de tu mesa, ¿pero una palabra tuya bastará para sanarme»?.
Él, Jesús, se nos entrega como pan; el pan es un símbolo de vida, un alimento fundamental para la supervivencia. Esto es que podemos prescindir de muchas cosas, pero no de Jesús. Su presencia en nuestra vida, su Cuerpo, su Sangre no son opcionales, sino necesarios para alcanzar la vida eterna. Si Él está presente, su ternura, su providencia, entonces todo está bien. Esto se ve en muchos cristianos que viven serenamente, sin angustiarse cosas banales, y esto no significa que no tengan problemas, pero una tribulación ofrecida a Jesús en la oración se convierte en la historia de nuestra salvación. Una angustia ofrecida a Él, Él la hace importante, se convierte en una urgencia de Dios.
El segundo aspecto que tomamos del Evangelio proclamado en este día, es el de convertirnos a nuestra vez en alimento para los demás. La multitud seguía a Jesús, pero al anochecer los discípulos lo incitaron a despedirlos. Todas estas personas eran vistas como un problema que afrontar…
El hambre de los demás nos pone en crisis. A menudo huimos de los problemas de la gente porque nos incomodan, porque requieren nuestra respuesta y no tenemos ninguna o no queremos darla, nos gustaría delegar esta responsabilidad en otros. Pero Jesús nos muestra la solución: Él no resuelve las cosas directamente, sino indirectamente: ¡Nos comparte su preocupación! Podemos buscar la excusa de que “no tenemos suficiente para todos”, pero Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino lo que tenemos, por poco o sencillo que sea. El problema no es tener lo suficiente para alimentar a la multitud, sino dar de esto poco, confiando en la Palabra de Jesús. Es Él quien multiplica nuestro poco; pero ¿estamos dispuestos a dar de lo poco para saciar el hambre de tantos?
Oremos en este día bendito día del Corpus, con un momento de silencio, dando gracias por lo dado; Cristo hecho Vida por la humanidad.

Comentarios
Publicar un comentario