SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA - Regresaron por otro camino
El evangelio nos presenta a unos personajes muy especiales: los Magos de Oriente. No pertenecen al pueblo de Israel, no conocen la Ley ni los Profetas, pero tienen algo fundamental: un corazón que busca. Ellos no se quedan mirando el cielo desde lejos; cuando ven la estrella, se ponen en camino. La fe comienza muchas veces así: con una inquietud, con una pregunta, con una luz pequeña que nos invita a salir de nosotros mismos.
Es significativo que estos extranjeros recorran un largo camino mientras que en Jerusalén, donde estaban las Escrituras y el templo, nadie se mueve. Herodes se inquieta, los sacerdotes saben dónde debe nacer el Mesías, pero no van a Belén. El poder tiene miedo de perder lo suyo, y el conocimiento religioso, cuando no se convierte en encuentro, puede quedarse solo en palabras. En cambio, los Magos avanzan, aun sin tener todas las respuestas.
Cuando llegan a Belén, no encuentran un palacio ni un rey poderoso. Encuentran a un niño, pobre, frágil, en brazos de su madre. Así se manifiesta Dios: en la sencillez, en lo pequeño, en lo que no impresiona a primera vista. Y sin embargo, ellos reconocen que allí está el verdadero Rey. Por eso se postran y lo adoran. La Epifanía nos enseña que Dios se deja encontrar, pero solo por quienes aceptan buscarlo con humildad.
Los dones que ofrecen no son casuales. El oro reconoce a Jesús como Rey; el incienso proclama su divinidad; la mirra anuncia su humanidad y su entrega. Pero más allá de los objetos, lo que realmente ofrecen es su vida, su camino, su búsqueda. Adorar al Señor no es solo rezar, es poner a sus pies lo mejor que somos y tenemos.
Y el evangelio termina con una frase decisiva: “regresaron por otro camino”. Después de encontrarse con Cristo, no se puede volver igual. El encuentro con el Señor siempre nos cambia la dirección de la vida, nos invita a tomar rutas nuevas, más justas, más fraternas, más llenas de Dios.
Hay una historia sencilla que puede ayudarnos a entender esto. Se cuenta que un anciano salía cada noche con una linterna a caminar por el campo. Alguien le preguntó por qué llevaba una luz si conocía bien el camino. Él respondió: “Yo conozco el camino, pero puede que otros no. Y si mi luz sirve para que alguien no tropiece, vale la pena llevarla”. Los Magos siguieron una estrella que los llevó hasta Jesús. Nosotros estamos llamados a ser como esa linterna: no la luz principal, sino un reflejo que ayuda a otros a encontrar al Señor.
Hoy la Epifanía nos interpela personalmente. ¿Qué estrella estamos siguiendo? ¿Nos dejamos mover por la luz de Dios o nos quedamos quietos por miedo o comodidad? ¿Qué dones traemos al Señor? Él no espera cosas extraordinarias, sino un corazón dispuesto a buscarlo y a dejarse transformar.
Pidamos al Señor que nos conceda la fe de los Magos: una fe que se pone en camino, que sabe adorar con humildad y que regresa a la vida cotidiana por un camino nuevo. Que María, que presentó a su Hijo a las naciones, nos enseñe a guardar esa luz y a compartirla con todos.

Comentarios
Publicar un comentario