FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR El cielo está abierto para nosotros

  

   Con la fiesta del Bautismo del Señor culmina el tiempo de Navidad y se inicia el tiempo de la vida pública de Jesús. El Niño contemplado en Belén se presenta ahora como el Hijo amado del Padre, solidario con la humanidad y obediente a su voluntad. Esta celebración no es sólo un recuerdo de lo que le sucedió a Jesús, sino una luz que ilumina nuestra propia vida bautismal.

   El evangelio de san Mateo nos muestra a Jesús que va desde Galilea hasta el Jordán. No es un detalle menor: Jesús se desplaza, se acerca al pueblo. El Jordán es el lugar donde hombres y mujeres reconocen su pecado y su deseo de conversión. Jesús, que no tiene pecado, decide colocarse allí, en la fila de los pecadores. En este gesto se revela ya todo su modo de vivir: un Mesías que no se separa, que no mira desde arriba, sino que se sumerge en la realidad humana para cargarla sobre sí.

  La reacción de Juan el Bautista es comprensible. Él percibe la grandeza de Jesús y no logra aceptar que el “sin pecado”, reciba un bautismo de conversión. “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti”, dice Juan. Pero Jesús responde con una frase clave: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. En la Escritura, la justicia no es solo cumplir normas, sino hacer plenamente la voluntad de Dios. Y la voluntad del Padre es que el Hijo comparta hasta el fondo la condición humana. Jesús acepta el camino de la humildad y del servicio.

   Después del bautismo ocurre algo decisivo: los cielos se abren. Esta imagen nos indica que, desde ahora, el cielo ya no está cerrado para la humanidad. En Jesús se rompe la distancia entre Dios y el hombre. El Espíritu desciende como paloma, signo de una nueva creación. Así como el Espíritu aleteaba sobre las aguas al comienzo del mundo, ahora desciende sobre Jesús para iniciar una humanidad nueva, reconciliada y llena de vida.

   Finalmente se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Antes de que Jesús haga milagros, antes de que predique o sea reconocido por la gente, el Padre le revela su identidad más profunda: es Hijo, y es amado. Toda su misión nacerá de esta certeza. Jesús no actúa para ganarse el amor del Padre; actúa porque ya lo posee.

    Esta historia nos ayuda a comprender también nuestra propia vida. Cuentan que un hombre, cansado y frustrado, buscaba el sentido de su existencia. Sentía que, por más que se esforzara, nunca era suficiente. Un día alguien le preguntó quién era. Él respondió enumerando sus logros, su trabajo, sus responsabilidades. Pero la respuesta fue sencilla y desconcertante: “Eso es lo que haces, no lo que eres. Antes que todo eso, eres un hijo amado de Dios”. Aquellas palabras transformaron su manera de vivir. Dejó de actuar por miedo al fracaso y comenzó a vivir desde la confianza.

    Eso mismo nos recuerda hoy la Palabra. En nuestro bautismo, también sobre nosotros se pronunciaron las mismas palabras que sobre Jesús: somos hijos amados de Dios. Muchas veces vivimos como si tuviéramos que ganarnos el amor, como si nuestro valor dependiera del éxito, del reconocimiento o de no equivocarnos. El Bautismo del Señor nos invita a volver al origen, a recordar que nuestra dignidad no se pierde, incluso cuando fallamos.

    Acoger esta Palabra en el corazón significa dejarnos mirar por Dios como hijos e hijas, y desde ahí vivir nuestra fe. Significa permitir que el Espíritu nos renueve, nos levante y nos envíe. Hoy el Señor nos recuerda que no caminamos solos y que nuestra vida tiene un sentido profundo. Como Jesús, también nosotros estamos llamados a vivir desde el amor recibido y a comenzar cada día nuestra misión con la certeza de que el cielo sigue abierto para nosotros.


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