Dom V del T.O. Vosotros sois sal de la tierra ... luz del mundo
Jesús continúa hoy su enseñanza en el monte, que el domingo pasado ya inició. Acaba de proclamar las bienaventuranzas y, sin pausa, dirige la mirada a sus discípulos. No les dice lo que deberían llegar a ser algún día, sino lo que ya son: sal y luz. No es una promesa futura; es una identidad presente. Y esto ya nos interpela profundamente ¿somos conscientes de lo que significa haber sido llamados discípulos de Jesús? ¿Vivimos nuestra fe como una responsabilidad o solo como algo privado?
Jesús elige dos imágenes sencillas, tomadas de la vida cotidiana. La sal no se ve mucho, pero transforma; la luz no hace ruido, pero vence la oscuridad. Ninguna existe para sí misma. La sal que no sala, dice Jesús, no sirve; la luz que se esconde pierde su sentido.
En tiempos de Jesús, la sal era valiosa, incluso símbolo de alianza y fidelidad. Daba sabor y preservaba de la corrupción. Cuando Jesús dice “sois la sal de la tierra”, está diciendo que la fe no es para guardarla intacta, sino para dar sabor a la vida, para impedir que el mundo se vuelva insípido o se descomponga. ¿Nuestra presencia como cristianos hace la vida más humana, más justa, más esperanzada ¿O nos hemos acostumbrado a pasar desapercibidos para no complicarnos?
Luego Jesús habla de la luz. No dice “vosotros tenéis luz”, sino “vosotros sois la luz”. La luz no se fabrica; se recibe. Es reflejo. El discípulo no brilla por sí mismo, sino porque ha sido alcanzado por la luz de Cristo. ¿De dónde se alimenta nuestra manera de vivir, de la luz del Evangelio o de los criterios del mundo?
El Señor es claro: la luz no se enciende para esconderla. La fe no es solo un asunto íntimo; tiene una dimensión pública. No para exhibirse, sino para orientar. Y aquí Jesús añade algo decisivo: “Que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre”. No se trata de llamar la atención sobre uno mismo, sino de transparentar a Dios.
En este punto, el Evangelio se encuentra con la experiencia de Pablo que escuchamos en la segunda lectura. Pablo confiesa a la comunidad de Corinto que no llegó con discursos brillantes ni con sabiduría humana, sino con debilidad, temor y temblor, para que la fe no se apoyara en los hombres, sino en el poder de Dios. ¿En qué apoyamos nuestra fe? ¿En estructuras, palabras bonitas, seguridades humanas… o en la fuerza silenciosa del Espíritu?
Pablo entendió que la luz del Evangelio no necesita fuegos artificiales. Brilla mejor cuando se manifiesta en la sencillez, en la coherencia, en una vida entregada.
Puede ayudarnos una historia. Se cuenta que, en un pueblo, había un faro pequeño, casi insignificante, en comparación con los grandes edificios de la ciudad cercana. No tenía una luz potente ni moderna, pero cada noche se encendía fielmente. Un día, durante una fuerte tormenta, varios barcos lograron llegar a puerto gracias a esa luz discreta. finalmente la luz se apagó. Sólo entonces toda la ciudad comprendió cuánto había ayudado desde su pequeñez. La luz no hizo ruido, no pidió reconocimiento, pero salvó vidas.
Así es también la vida del discípulo. No siempre será espectacular, pero puede ser decisiva. ¿Somos conscientes del impacto silencioso que nuestras palabras, gestos y actitudes pueden tener en los demás? ¿o subestimamos la fuerza de una fe vivida con coherencia?
Jesús nos advierte también del riesgo: la sal puede perder su sabor, la luz puede esconderse. No por persecuciones externas, sino por comodidad, miedo o incoherencia. Cuando la fe se vuelve costumbre sin compromiso, cuando dejamos de vivir lo que creemos, la sal se diluye y la luz se apaga.
Esta Palabra no es una carga, es una llamada llena de confianza. Jesús cree en sus discípulos. Cree que, incluso con fragilidad, pueden dar sabor y luz al mundo. No porque sean perfectos, sino porque Dios actúa en su debilidad, como nos recuerda Pablo.
Al final, la pregunta no es si somos capaces, sino si estamos disponibles.
Pidamos la gracia de no escondernos, de no diluirnos, de no apagar la luz que hemos recibido. Que nuestra vida, sencilla y concreta, ayude a otros a descubrir que Dios sigue presente, sigue iluminando y sigue dando sabor a la historia.

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