Dom III del T.O. Acoge la Palabra que convierte y nos pone en camino

 

   Este tercer domingo del tiempo ordinario tiene un significado muy especial para la vida de la Iglesia. Celebramos el Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el papa Francisco, para ayudarnos a redescubrir que la Palabra no es un elemento secundario de nuestra fe, sino el corazón mismo de la vida cristiana. Con esta celebración, el Papa nos recordaba que Dios sigue hablando a su pueblo y que la Iglesia vive y se renueva cada vez que acoge, escucha, anuncia y celebra la Palabra.

   La Palabra de Dios no es solo para ser proclamada en la liturgia, sino para ser acogida en la vida diaria. Cuando la Palabra no encuentra un corazón disponible, queda como un sonido pasajero; pero cuando es acogida, se convierte en luz, en fuerza y en camino de conversión. Por eso no es casual que este domingo esté profundamente unido al mensaje central del Evangelio: la llamada a la conversión y al seguimiento de Jesús.

   El profeta Isaías nos habla de un pueblo que camina en tinieblas y que, de pronto, ve una gran luz. Esta imagen expresa la experiencia de todo ser humano que, en medio del cansancio, del pecado o del sufrimiento, se encuentra con la Palabra de Dios. La luz no nace del esfuerzo humano, sino de la iniciativa de Dios que sale al encuentro, especialmente en las periferias, en Galilea, una tierra despreciada. Allí comienza Jesús su misión, mostrando que la Palabra se hace cercana precisamente donde la vida parece más oscura.

   El Evangelio nos presenta a Jesús anunciando: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. La conversión no es un simple cambio exterior, sino un volver el corazón hacia Dios, un dejarse alcanzar por su Palabra. Inmediatamente después, Jesús llama a los primeros discípulos y ellos, dejándolo todo, lo siguen. Este gesto revela lo que significa acoger la Palabra: confiar en ella más que en nuestras seguridades, permitir que cambie nuestras prioridades y nos ponga en camino.

  Este día, la Iglesia también celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, un hombre cuya vida fue radicalmente transformada por la Palabra. Pablo pasó de perseguidor a apóstol, no por un razonamiento humano, sino porque acogió la voz de Cristo que lo llamó por su nombre. Su experiencia nos enseña que nadie está tan lejos como para no poder convertirse, y que la Palabra, cuando es acogida, tiene la fuerza de rehacer una vida entera.

   San Pablo, además, nos advierte en la segunda lectura sobre las divisiones en la comunidad. Cuando la Palabra no es acogida con humildad, surgen rivalidades y protagonismos. Pero cuando Cristo es el centro, la comunidad se fortalece y camina unida. La Palabra acogida genera comunión, no división, de ahí el lema para esta jornada: "que la Palabra de Cristo habite es vosotros".

   Cuenta una historia que una abuela tenía siempre la Biblia abierta sobre la mesa. Un nieto le preguntó por qué la dejaba abierta si casi no la veía leerla. Ella respondió: “La dejo abierta para que la Palabra me lea a mí”... La respuesta de la abuela expresa el sentido profundo de este domingo: no sólo es acercarnos a la Palabra, sino dejarnos leer, cuestionar y transformar por ella.

   Hoy Jesús sigue pasando por la orilla de nuestra vida y sigue diciendo: “Sígueme”. En este Domingo de la Palabra de Dios, pidamos la gracia de acogerla como lo hicieron los primeros discípulos y como lo hizo san Pablo: con un corazón abierto, disponible a la conversión. Que la Palabra ilumine nuestras tinieblas, renueve nuestra fe y nos convierta en testigos vivos del Evangelio. Que María, mujer de la escucha y de la acogida, nos enseñe a guardar la Palabra en el corazón y a vivirla cada día.

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