DOM. II NAVIDAD. Habitó entre nosotros

 

   En este Segundo Domingo de Navidad la Iglesia nos invita a seguir contemplando el misterio que celebramos hace pocos días. Ya pasaron los cantos, las luces y el entusiasmo inicial, pero la Palabra de Dios nos lleva más hondo, al corazón mismo de la Navidad. Hoy no se nos presenta el pesebre ni los pastores, sino una afirmación que lo cambia todo: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

   San Juan nos conduce hasta el principio de todo. Antes del tiempo, antes de la creación, estaba la Palabra, el Verbo, y esa Palabra era Dios. Para el pueblo judío, la Palabra de Dios era fuerza creadora, la que da vida y sostiene el mundo. Para el mundo griego, era la razón que da sentido a la existencia. Juan une ambos mundos y proclama algo impensable: esa Palabra eterna no se quedó en el cielo, sino que se hizo carne, es decir, asumió nuestra fragilidad, nuestra historia, nuestras alegrías y también nuestros dolores. Dios no se mantuvo a distancia; decidió entrar en nuestra realidad.

   Y dice el Evangelio que el Verbo “habitó entre nosotros”. Literalmente significa que puso su tienda en medio del campamento humano. Dios no vino de paso ni como visitante; vino a quedarse, a caminar con nosotros, a compartir nuestra vida diaria. En Jesús, Dios conoce el cansancio, las lágrimas, el rechazo y la cruz. Pero también conoce el amor, la amistad y la entrega.

   Sin embargo, el Evangelio es honesto y nos recuerda que no todos lo recibieron. La luz vino al mundo, pero muchos prefirieron la oscuridad. Y aquí la Palabra nos interpela directamente, porque también hoy podemos celebrar la Navidad y, al mismo tiempo, cerrar el corazón a Dios cuando nos pide perdonar, cambiar, comprometernos o amar más de lo que nos conviene.

   Cuenta una historia que un hombre decía no creer en la encarnación. Afirmaba que Dios era demasiado grande para hacerse hombre. Una noche de invierno, mientras su familia iba a la iglesia, él se quedó en casa. De pronto escuchó golpes en la ventana: eran unos pájaros que, por el frío, buscaban refugio. El hombre intentó ayudarlos, pero los pájaros se asustaban y huían. Entonces pensó: “Si yo pudiera convertirme en uno de ellos, hablar su lenguaje y caminar a su lado, podría guiarlos y salvarlos”. En ese momento comprendió lo que significa la Navidad: Dios se hizo uno de nosotros para salvarnos desde dentro, hablando nuestro lenguaje, compartiendo nuestra vida.

   Eso es lo que celebramos todavía en estos días: un Dios cercano, un Dios que no se impone, sino que se ofrece. Y a quienes lo reciben, dice el Evangelio, les da el poder de ser hijos de Dios. La Navidad no es solo un recuerdo del pasado; es una oportunidad presente para dejarnos transformar por Cristo.

   Pidamos hoy la gracia de acoger al Verbo hecho carne en nuestra vida cotidiana, para que su luz ilumine nuestras decisiones, nuestras familias y nuestras comunidades, y para que también nosotros, con nuestra vida, seamos testigos de que Dios sigue habitando entre nosotros. Amén.

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