Dom. II del T.O. La búsqueda que reconoce al Cordero

 


  La liturgia de este Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, del ciclo A, nos invita a profundizar en la búsqueda más honda del ser humano: la búsqueda de sentido y de vida verdadera. Y lo hace presentándonos no una idea abstracta, sino una Persona concreta: Jesucristo, el Cordero de Dios.

   La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos habla del Siervo del Señor, llamado desde el seno materno. Este texto indica que la misión no nace de una decisión tardía, sino de un proyecto eterno de Dios. Antes de que el Siervo actúe, ya ha sido elegido. Primera reflexión: toda busqueda humana está inscrita dentro de una llamada previa de Dios. No buscamos a ciegas; buscamos porque hemos sido pensados y amados primero.

   San Pablo, en la segunda lectura, recuerda a la comunidad de Corinto que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos. No se trata de una élite espiritual, sino de una identidad recibida. segunda reflexión: La busqueda cristiana no consiste en fabricarnos a nosotros mismos, sino en descubrir quiénes somos en Cristo.

   El Evangelio de san Juan nos sitúa ante el testimonio de Juan el Bautista. Él no se presenta como el centro, sino como el que señala: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. Desde una perspectiva exegética, el título “Cordero” une dos grandes imágenes bíblicas: el cordero pascual del Éxodo y el siervo sufriente de Isaías. Jesús es el que libera, no con violencia, sino con entrega.

   La busqueda de Juan el Bautista no termina en sí mismo. Él ha buscado al Mesías, y cuando lo encuentra, lo reconoce y lo muestra. Esto es clave para nuestra vida espiritual: la verdadera búsqueda termina en el reconocimiento humilde de Cristo y en el testimonio. Juan incluso dice: “Yo no lo conocía”, subrayando que el conocimiento de Jesús es siempre revelación, don del Espíritu.

   Tercera reflexión: hoy también nosotros estamos en búsqueda. A veces buscamos soluciones rápidas, seguridades humanas o respuestas inmediatas. Pero la Palabra nos invita a levantar la mirada y a reconocer al Cordero de Dios que pasa en medio de nuestra historia cotidiana. Cristo sigue pasando, y sigue esperando que alguien lo señale con su vida.

  El Tiempo Ordinario, que iniciamos, nos recuerda que Dios se manifiesta en lo aparentemente sencillo. No siempre en lo extraordinario, sino en lo diario, en lo repetido, en lo silencioso. Allí se purifica nuestra busqueda y se transforma en fe madura.

 Que en este domingo podamos dejar que nuestra búsqueda personal se encuentre con el testimonio de la Iglesia, y que, como Juan el Bautista, aprendamos a decir con humildad y convicción: “Este es el Cordero de Dios”, el único capaz de dar sentido pleno a toda búsqueda humana.

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