SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR - ESO ES LA NAVIDAD

  


   Hoy la Iglesia entera se llena de alegría y de luz, porque celebramos el Misterio que transformó la historia: Dios ha nacido en la humanidad. No celebramos un recuerdo del pasado, sino una presencia viva: “El Emmanuel, Dios-con-nosotros”.

   El profeta Isaías anunciaba: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. Esa luz es Cristo. Él viene a iluminar nuestras noches, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras luchas personales y familiares. No nace en un palacio, sino en la sencillez de un portal; no llega con poder humano, sino con la fuerza del amor. Así nos enseña que Dios se hace cercano, accesible, y entra en nuestra vida tal como es.

   San Pablo también nos dice: “la gracia de Dios se ha manifestado para la salvación de todos”. Esta gracia no es solo un regalo, es una llamada: a vivir con esperanza, a rechazar lo que nos aleja del amor, y a construir un mundo más justo, más fraterno, más humano.

   Y el Evangelio nos indica que la Palabra se hizo carne. No dice que se hizo idea, ni teoría, ni ley. Se hizo carne: vida real, historia concreta.

   La luz verdadera vino al mundo, y esa luz no deslumbra, sino que alumbra suavemente, especialmente a quienes atraviesan la noche. Jesús nace para mostrarnos el rostro cercano de Dios, un Dios que se deja tocar, que se deja amar.

   En esta Solemnidad de la Natividad del Señor, estamos invitados a: detenernos, mirar al Niño y dejarnos encontrar por Él. Tal vez no tengamos grandes palabras, pero sí un corazón que espera.

  Una pequeña historia para iluminar: Ana era una mujer sencilla. Aquella Navidad llegó a su casa cansada y con el corazón lleno de preocupaciones. Había sido un año difícil: pérdidas, silencios, preguntas sin respuesta. Encendió una pequeña vela frente al pesebre, casi por costumbre, y se sentó en silencio. No sabía qué decirle a Dios, pero se quedó allí.

  Mirando al Niño Jesús, Ana comprendió algo nuevo: Dios no venía a explicarle todo, sino a acompañarla. No venía a quitarle de golpe los problemas, sino a caminar con ella. En ese Niño frágil, Ana descubrió que Dios también conoce el cansancio, la pobreza y la espera. Y sin darse cuenta, su corazón comenzó a llenarse de paz. Eso es la Navidad.

  Preguntémonos: ¿En qué lugar de mi vida necesita nacer Jesús?, ¿Me siento acompañad@ por Él?, ¿Cómo puedo ser, como José y María, un testigo humilde del amor de Dios?  Que al contemplar al Niño en el pesebre, aprendamos que Dios vence no imponiéndose, sino amando. Abrámosle el corazón. Dejemos que su paz transforme nuestras familias, nuestra comunidad y nuestro mundo.

  Que María y José nos acompañen, y que esta Navidad renueve nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra alegría.

Amén.

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