Dom I de Adviento (CICLO A) - Prepara tu casa

  



 Hoy comenzamos un nuevo Adviento, un tiempo de gracia, de espera y de renovación interior. La liturgia nos invita a dirigir la mirada hacia la venida del Señor, no sólo la que celebraremos en Navidad, sino también su venida diaria a nuestras vidas y su venida gloriosa al final de los tiempos.

 

   La palabra que ilumina este inicio de Adviento es clara, fuerte, casi urgente: vigilancia. “Estén vigilantes; Jesús nos dice en el Evangelio: “Estén despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor”. La vigilancia de la que habla no es miedo al futuro ni ansiedad por lo que pueda venir. No se trata de vivir asustados, sino atentos. Así, la vigilancia del discípulo es como la de quien ama: la madre que escucha por la noche si su hijo la necesita, el esposo que espera el regreso de su esposa, el amigo que está disponible cuando el otro lo busca. El amor no duerme. El amor está despierto. Por eso Jesús nos invita hoy a esta vigilancia amorosa.

 

   San Pablo, en la segunda lectura, nos dice: “Despertad del sueño… Revestíos de Cristo”. Esta llamada a despertar significa dejar atrás todo lo que adormece el corazón: el egoísmo, la indiferencia, el cansancio moral, la rutina que apaga la fe, la comodidad que nos hace olvidar a los demás. La vigilancia es un llamado a convertirnos, a estar con el corazón en sintonía con Dios y con los hermanos.

 

   A veces vivimos tan ocupados, tan distraídos, que Dios pasa por nuestra vida… y no lo reconocemos. El Adviento nos dice: “Dios viene. Dios está llegando. Dios no deja de visitarte.” Estamos llamados a abrir los ojos para descubrir: la presencia de Cristo en la oración, su consuelo en la Palabra, su rostro en los pobres, su voz en quienes necesitan nuestra ayuda, su paso silencioso en cada día. Quien vigila, reconoce que la historia no está abandonada: Dios actúa, Dios guía, Dios acompaña.

 

   Si supiéramos que un ser querido viene a visitarnos, prepararíamos la casa con ilusión. El Adviento nos invita a hacer eso, pero por dentro. ¿Cómo se prepara el corazón para el Señor? con oración, con gestos de caridad, con reconciliación, con silencio interior, con esperanza. Es hermoso pensar que el Señor no nos pide grandes cosas: solo que lo esperemos. Quien espera a Dios ya lo está recibiendo.

 

   Que esta palabra —vigilancia— acompañe nuestros días durante este Adviento. Que recordemos que Cristo llega, y llega de verdad. No de forma simbólica, sino real: en la liturgia, en la comunidad, en nuestra vida cotidiana.

 

  Comencemos este Adviento con un corazón despierto. Que no nos encuentre dormidos la visita del Señor, sino vigilantes, atentos, disponibles, abiertos. Que María, la mujer que supo esperar en silencio y confianza, nos enseñe a vivir esta hermosa vigilancia del amor.

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