Dom. XXXIII del T.O. El futuro del creyente está en el presente



  Nos acercamos al final del año litúrgico, y el Evangelio nos invita a meditar sobre un texto retador. El relato se inicia en Jerusalén, cerca del Templo; Jesús se inspira, ante el asombro de la gente, para afirmar: «Vendrán días en los que, de lo que veis, no quedará piedra sobre piedra» (Lc 21,6). Obviamente le preguntan: ¿cuándo sucederá?, ¿cuáles serán las señales? Jesús cambia la atención de estos aspectos secundarios a las verdaderas cuestiones: No dejarse engañar por los falsos mesías y no bloquearse por el miedo. Vivir este tiempo como ocasión de testimonio. Perseverar.

   La historia, toda la historia, cada fragmento de nuestras vidas, el amor que hemos dado y compartido, las relaciones en las que hemos invertido nuestra vida entera, se encaminan hacia su plenitud, hacia el Fin.

  El Evangelio no se centra en satisfacer nuestra curiosidad sobre cuándo, dónde y cómo ocurrirá el final de los tiempos, sino más bien en cómo debo prepararme.   

   El Señor nos llama a tener los pies en la tierra, a tener una visión realista y sincera de la historia. No nos promete éxito, aplausos ni lluvia de pétalos a nuestro paso. Seguirle es un camino exigente (y maravilloso). El discípulo está llamado a caminar, a través de su vida, con todas sus tensiones y dificultades, dando testimonio de que vivir con Jesús o sin Jesús no es lo mismo.

   Tres puntos importantes:

 Uno. El Maestro nos advierte: no seamos ingenuos, no sigamos a falsos profetas que prometen recetas fáciles para la felicidad. En tiempos de crisis, abundan los gurús, videntes y sanadores. El único Maestro y Señor es Jesús. Desconfiemos de las imitaciones.

  Dos. En lugar de autocompadecernos, recordando los buenos tiempos en que las iglesias estaban llenas y todos eran súper católicos, demos testimonio de nuestra fe; en lugar de caer en la depresión y la pasividad al ver templos vacíos, busquemos nuevos caminos; dejémonos inspirar por el Espíritu; renovémonos, salgamos de nuestra zona de confort, dejémonos guiar por los más frágiles y necesitados: ellos nos mostrarán el camino porque son los predilectos de Dios. 

  Habrá guerras, encarcelamientos, traiciones y persecuciones, ¡pero ni un cabello de nuestra cabeza se perderá! Es la promesa de Jesús; y aunque seamos tercos y perezosos, infieles y mentirosos, traidores y habladores, Él no nos abandona. Somos tan preciosos a sus ojos. No tengamos miedo, le pertenecemos.

  Tres. Sólo en Jesucristo encontramos estabilidad en nuestras vidas. Los discípulos de Jesús están llamados a perseverar, a permanecer arraigados en Él, creyendo en la victoria de la Vida sobre la muerte.

  Pidamos hoy al Señor que nos refuerce en la fe y en el amor, haciendo nuestra la promesa inherente a sus palabras: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestra vida».


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