Dom XXXI. Conmemoración de los fieles difuntos
El Evangelio que escuchamos nos presenta a Marta, que acaba de perder a su hermano Lázaro. Ella, siente el dolor de la pérdida. Le dice a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Cuántas veces también nosotros hemos dicho o pensado algo parecido: “Señor, ¿por qué lo permitiste?” Pero Jesús no se aleja del dolor de Marta. Se acerca, la escucha y le ofrece una luz más grande que su tristeza. Le dice: “Tu hermano resucitará.” Y no se refiere solo a un futuro lejano, sino a una presencia viva aquí y ahora: Él mismo es la resurrección, la muerte no tiene la última palabra.
Por eso, hoy, al recordar a nuestros difuntos, no lo hacemos con desesperanza, sino con fe y gratitud. Ellos han partido de nuestra vista, pero no de nuestro corazón ni del amor de Dios.
La Iglesia nos enseña que la muerte, para el creyente, no es un final, sino un paso, una transformación. Como la oración del prefacio en el misal: “La vida de los que creemos en ti, Señor, no termina, se transforma.”
Nuestra oración por los difuntos es un acto de amor, con este, les decimos: “No os hemos olvidado, seguimos unidos en Cristo.” Al mismo tiempo nos recuerda que también caminamos hacia esa vida eterna que Jesús nos prometió, porque somos peregrinos en este mundo.
Hoy Jesús nos pregunta, como le preguntó a Marta: “¿Crees esto?”
Cada uno puede responder desde el corazón: “Sí, Señor, creo que tú eres la resurrección y la vida.”
Pidamos al Señor que conceda a nuestros difuntos el descanso eterno, y a nosotros la gracia de creer de verdad que Jesús es la resurrección y la vida. Que esta celebración sea un acto de amor y de confianza en Aquel que venció la muerte y nos prepara un lugar en su casa.
“Dichosos los que mueren en el Señor, porque sus obras los acompañan.” (Ap 14,13)

Comentarios
Publicar un comentario