Dom XXX del T.O. Oración y humildad
La palabra del Señor, que nos invitó el domingo pasado a perseverar en la oración, aún resuena en nuestros oídos mientras el texto evangélico de este domingo completa la enseñanza.
En el evangelio, Jesús cuenta la parábola de dos hombres que subieron al templo a orar: un fariseo y un publicano. Los dos protagonistas representan dos modelos de fe y oración. Por un lado, el fariseo, confiado en su bondad, se justifica y desprecia a los demás; por otro, el publicano, consciente de su pobreza, se acusa y ruega a Dios perdón.
La actitud del fariseo representa la tendencia humana de compararse con los demás para sentirnos superiores. Sin embargo, Jesús nos enseña que la verdadera humildad radica en reconocer nuestras propias limitaciones y la necesidad de la gracia divina. En nuestra vida diaria, podemos caer en la trampa de pensar que somos mejores que otros por nuestras acciones o creencias.
La oración no debería ser un momento para exhibir nuestras virtudes o logros. En cambio, es un encuentro sincero con Dios, donde nos acercamos a Él tal como somos. El publicano, al golpear su pecho y pedir perdón, nos muestra que la autenticidad en la oración es más valiosa que cualquier apariencia de perfección. ¿Cuándo fue la última vez que nos presentamos ante Dios sin máscaras, simplemente pidiendo su ayuda y perdón?
Jesús concluye la parábola afirmando que el publicano regresó a su casa justificado, mientras que el fariseo no. La justicia de Dios no se basa en lo bueno de nuestras obras, sino en la disposición a arrepentirnos y a abrir nuestro corazón a su gracia. Nos recuerda que todos estamos en necesidad de esa misericordia, independientemente de nuestras circunstancias o estatus.
A veces, la vivencia religiosa puede llevarnos a una forma de orgullo que nos aleja de Dios. Es fácil caer en la complacencia espiritual y olvidar que somos frágiles y necesitados de la misericordia divina. Debemos estar alerta para no dejar que nuestra espiritualidad se convierta en un obstáculo para conectar genuinamente con Dios y con los demás.
En este tiempo de meditación, favorezcamos un espíritu de humildad; que aprendamos a confiar en la misericordia divina, reconociendo que somos, ante todo, necesitados de su amor. Al igual que el publicano, acerquémonos a Dios con el corazón abierto, dispuestos a recibir su gracia y a caminar hacia la verdadera justicia que solo Él puede ofrecernos.

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